Sólo una mentalidad gazmoña y pacata pudo haber despedido a un pobre subsecretario de Agricultura por haber dicho lo que, entre otros muchos, Moisés Naim, el influyente analista, había ya evidenciado, con abundantes datos.
En su libro Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo (Debate, 2005), Naim explica que el éxito del crimen organizado no reside en el tipo de bienes que provee, sino en el modelo de negocio con el cual trabaja.
Seamos realistas. El funcionario se refirió, de manera racional, a que ese negocio opera sobre la base de una impecable lógica de mercado que detecta una necesidad, diseña una buena planeación, produce un bien demandado, construye una logística sofisticada y satisface a los consumidores. ¿Hay en este proceso algo de extravagante? No. Es la forma como funciona cualquier empresa eficiente, trátese de diseñar, elaborar y distribuir pan, gaseosas o ropa de marca o de comerciar con drogas, órganos humanos, medicinas falsificadas o armas prohibidas.
Nunca como ahora los delincuentes habían logrado montar una estructura en la que, para empezar, están situados en la plena modernidad corporativa porque ya no trabajan a partir de formas piramidales de control y coordinación, sino a través de redes horizontales en las que participa cualquier cantidad de actores –fabricantes, proveedores, banqueros, periodistas, políticos, jueces, funcionarios gubernamentales, transportistas, abogados, publicistas–, que son altamente flexibles para responder a los requerimientos del mercado, que manejan con sagacidad la producción en línea y on time, y que son suficientemente hábiles para desplazarse con rapidez de un sector de bienes –digamos drogas tradicionales– a otros –animales exóticos, marfil, diamantes, obras de arte– igualmente atractivos y rentables.
Desde ese punto de vista, estudiar con detenimiento y criterio amplio este mercado arroja sin duda información y lecciones que, con independencia de la ilicitud del producto de que se trata, explican un modelo de negocio muy exitoso.
Pero, en segundo lugar, la declaración del funcionario dio, sin proponérselo ni darse cuenta, en el blanco: parte del fracaso en la estrategia de muchos gobiernos para combatir el crimen organizado se explica porque han seguido una lógica de seguridad en lugar de discutir con pragmatismo, datos y audacia una estrategia económica para combatir un negocio que actúa con una lógica de mercado.
Muy probablemente aquí reside la esterilidad de los recursos que gastan y las bajas humanas que sufren los gobiernos: en que como no entienden las características específicas de ese mercado lo atacan con instrumentos, medidas y políticas equivocadas. Como lo han propuesto crecientemente muchas voces, desde comisiones de expertos y ex presidentes hasta medios conservadores como The Economist, es hora de discutir otras opciones que van desde la conceptualización del problema como económico y de salud pública hasta la legalización experimental de ciertas drogas.
Vapuleado por los medios y removido por sus jefes, pero quizá no le ha faltado razón al ahora ex subsecretario.
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