Por Psic. Claudia Bermúdez
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La desobediencia, berrinches y oposicionismo son algunos de los problemas de conducta más comunes durante la infancia y resultan muy perturbadores para los padres puesto que se convierten en un claro desafío hacia su autoridad y control.
Son varias las causas que originan la desobediencia. Puede estar relacionada con problemas escolares, estrés familiar o conflictos entre los padres. Algunas veces, este comportamiento sólo se presenta en casa; en otras, con todas las figuras de autoridad (maestros, abuelos, vecinos).
En algunos niños, la agresividad y la desobediencia son la respuesta a la violencia que viven con su familia. Estos chicos descartan la autoridad de sus padres, se sienten a disgusto consigo mismos, su autoestima está deteriorada, lo cual incrementa su enojo y hostilidad, dificultando que se dé una sana relación interpersonal con sus figuras de autoridad.
Los niños desafían a sus padres ocasionalmente como parte de su desarrollo, por lo que es muy importante que los adultos tengan clara la forma en que los educan para poder enfrentarse a situaciones frustrantes.
Mientras son pequeños, los hijos siguen instrucciones sin oponerse; sin embargo, conforme pasan los años retan más a la autoridad, con miras a alcanzar la autonomía. Aunque las conductas inadecuadas pueden presentarse en determinadas etapas del desarrollo, es importante que, cuando la magnitud, frecuencia o perseverancia se vuelven excesivas, se busque la intervención de un profesional de la salud mental para corregirlas a tiempo.
Qué hacer ante una rabieta
Algunos niños desobedecen para llamar la atención, pues tienen mayor necesidad de afecto.
En otros casos, la desobediencia es producto de la falta de coherencia de los padres, quienes no esperan a que los hijos terminen de hacer lo que se les ordena y entonces acaban haciéndolo ellos mismos. De esta forma, los hijos aprenden que no es importante concluir las tareas, pues los padres las harán.
Otro factor son las expectativas desproporcionadas con respecto a los hijos, pues a veces se les atribuyen responsabilidades para las que no tienen la suficiente madurez.
Los berrinches o rabietas son expresiones agresivas con las que algunos niños muestran su desacuerdo con alguna situación concreta. Son un fenómeno normal dentro del período evolutivo del niño alrededor de los dos o tres años y deben remitir completamente hacia los cinco o seis años de edad. Sin embargo, algunos niños descubren que los berrinches suponen una forma rápida y eficaz para alcanzar sus caprichos, ya que sus padres saben que al satisfacer al niño, éste se calmará rápidamente y les evitará el bochorno de la pataleta cuando se produce en algún lugar público. Evidentemente, a la larga, esta manera de actuar de los padres sólo consigue perpetuar el problema.
En general, se recomienda hacer caso omiso cuando se produce la rabieta y retirarle la atención de inmediato. Es importante que los padres no pierdan la calma y que actúen con firmeza, negando el capricho sin alterarse, sin gritar ni reñir. Puede utilizarse la técnica del "tiempo fuera" en la que el niño recibe una consecuencia por su acto (se le aparta por un breve tiempo, por ejemplo, a su habitación). Posteriormente, una vez calmado, se debe hablar con el niño y explicarle que así no va a conseguir nada, al tiempo que se establecen las situaciones en las que sí podrán cumplirse sus demandas (cuando efectúe ciertas tareas o mantenga comportamientos adecuados).
Otro factor importante para ser tenido en cuenta es el estilo educativo de los padres. Los padres que combinan el afecto emocional con los límites claros hacia los hijos, son los que obtienen los mejores resultados en cuanto al funcionamiento afectivo con un mínimo de problemas de conducta. Este estilo educativo se caracteriza porque el niño se siente amado y aceptado, pero también comprende la necesidad de contar con reglas de conducta que sus padres consideran que han de seguirse.
Los modelos basados en una autoridad inflexible o los excesivamente permisivos han demostrado ser menos adecuados y eficientes en el establecimiento de vínculos afectivos positivos, así como detonadores en la aparición de conductas disruptivas.
Un escaso tiempo de dedicación de los padres hacia los hijos, determina en algunos la aparición de conductas no adecuadas, de desobediencia o incluso enfermedades psicosomáticas.
Cómo lograr que los niños obedezcan
No hay estrategias universales eficaces, lo que funciona bien en un niño puede no servir en otro. Aún así, hay una serie de principios que utilizados con la suficiente destreza pueden establecer, modificar o eliminar conductas:
- Es importante enseñar al niño la forma correcta de comportarse y explicarle exactamente qué es lo que se espera que haga. Para que los niños obedezcan hay que darles órdenes cortas, específicas y muy claras. Conviene pedirles cosas que son capaces de hacer, alabarlos por ello, y progresivamente introducir niveles de exigencias más altos.
- El ejemplo de los padres, profesores y personas importantes para los niños es muy eficaz. Gran parte de las conductas las aprenden por imitación, sobre todo de las personas que son admiradas.
- Resaltar sus habilidades y cualidades, los niños deben saber qué conducta concreta está siendo elogiada y por qué.
- Es importante que los padres se pongan de acuerdo al establecer normas y coincidir en lo que se le pide al niño. Los niños tienen una gran habilidad para descubrir a quién deben obedecer, quién es más permisivo, a quién se puede convencer más fácilmente, etc. y lo saben utilizar hábilmente a su favor. Por ello es importante que los padres y educadores estén de acuerdo en los niveles de exigencias. Cuando se establecen límites o normas, deben ser respetados por todos los miembros de la familia. Padres, hermanos o abuelos deben actuar de igual modo ante las conductas problema del niño. Si sólo es el padre o la madre la que exige ciertos requisitos al niño, el avance es mucho más complicado.
- Cuando dé instrucciones es más efectivo el decirle lo que debe hacer que lo que no debe hacer. Por ejemplo es más conveniente decirle: "habla bajito" a "no grites". La primera la experimenta como una sugerencia la segunda como imposición. Se deben desaprobar las conductas negativas o inadecuadas (morder, desobedecer, gritar....) no al niño (eres un desastre, eres muy malo, eres feo...).
- Controle sus emociones. Cuando estalla el problema proporciónese un tiempo de respiro, retire la atención al niño de la forma que permitan las circunstancias, hágale saber inmediatamente su disgusto y analice la situación para tomar las decisiones adecuadas. No caiga en la trampa de enredarse en un diálogo de recriminaciones con su hijo, esto no quiere decir que la mala conducta no deba tener consecuencias para el niño, sino que deben ser pensadas fríamente y aplicadas oportunamente para que sean efectivas.
- Es básico ser constante en la aplicación de cualquier estrategia para modificar o establecer conductas. Suele ocurrir que cuando se aplican límites o normas por primera vez se produzca una reacción negativa.
Cuándo solicitar ayuda profesional
Si el comportamiento se hace incontrolable, pese a la dedicación y esfuerzo de los padres, busque la ayuda de un profesional de la salud mental.
Algunas situaciones en las cuales se requiere de ayuda profesional:
- Cuando el patrón de desobediencia continúe a pesar de su mayor esfuerzo en alentar a su hijo a comunicar sus sentimientos negativos.
- Si la desobediencia o falta de respeto de su hijo(a) se acompaña de agresividad y destructividad.
- Si el niño(a) muestra signos de infelicidad, resentimiento, inconformidad, desvalidez, o ideas suicidas.
- Si su familia ha establecido un patrón para responder a la agresividad con el abuso físico o emocional.
- Si usted, su cónyuge o su hijo utilizan alcohol u otra droga para sentirse mejor o sobrepasar el estrés.
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