De no ser por la previsible polémica que generó el encuentro entre los señores Julio Scherer e Ismael Zambada no habría pasado de ser un ejemplo más de la cultivada egolatría del entrevistador, la astucia mediática de los delincuentes o la inutilidad social de cierto tipo de periodismo.
Pero el asunto relevante es otro: ¿cuál debe ser el comportamiento de los medios en una coyuntura tan compleja y delicada y cómo conciliar libertad con responsabilidad?
La respuesta no es fácil. Las experiencias internacionales son variadas. En algunos casos, como en Gran Bretaña, se orientan sobre todo hacia la suscripción de códigos de ética o mecanismos de autorregulación. En otros, como España, hay restricciones legales más específicas asociadas con la “propagación del terrorismo” o la “apología de la violencia”. En México en realidad es una discusión apenas naciente y los medios poco quieren saber de ella, quizá por la defensa de lo que consideran un ejercicio libre del periodismo y del derecho a expresarse o bien por el rechazo a que una entidad externa les diga qué es lo que deben difundir.
Hay otras razones, sin embargo. Una es que el manejo de la información y de las fuentes dentro de los medios o sus propias operaciones financieras —con la excepción parcial de aquellos que cotizan en bolsa— son zonas sobre las cuáles los medios han levantado un verdadero blindaje ante cualquier escrutinio externo. La otra, sobre todo en estados y municipios contaminados por la delincuencia, es que ésta y los medios tienen con frecuencia más nexos de los que se saben públicamente o se quiere reconocer.
En este sentido, los expertos señalan que cada vez que la delincuencia coloca un mensaje junto al cadáver de un ejecutado o cuando hacen advertencias en las calles (como las mantas callejeras y otros símbolos), e incluso cada vez que suben a internet un video con alguno de sus crímenes, las bandas de delincuentes en realidad quieren exhibirse. Con esos desplantes, los criminales tratan de intimidar a sus adversarios y buscan reafirmarse a sí mismos dentro de sus singulares códigos de comportamiento.
Más grave aún: tales conductas intentan generar un clima de aprensión o miedo en la sociedad. Y como en esa tarea a veces encuentran la colaboración de medios y periodistas, las motivaciones de la delincuencia buscan un efecto directo: que éstos legitimen esas fechorías porque son noticia. No importa el hecho ni menos su calificación, sino que sea eso: noticioso.
El problema psicológico y social, sin embargo, como bien lo ha observado Raúl Trejo, es que la difusión reiterada de esos hechos puede crear, primero, un efecto de aturdimiento, después de hábito y, más tarde, de trivialización y de costumbre, provocando una reacción de desmoralización ciudadana, de indiferencia o, peor aún, que los ciudadanos terminen prefiriendo “la indulgencia de los criminales antes que la acción del poder público para enfrentarlos”.
¿Algo así está pasando? Habrá que volver sobre el tema.
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