Cartagena de Indias.- Esta semana el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), la célebre pasarela que se reúne en Davos cada año, realizará su reunión regional sobre América Latina para explorar lo que sus organizadores han llamado las “Nuevas asociaciones para una recuperación sostenible”.
A lo largo de tres días se verán los temas usuales, que van desde la competitividad y la violencia hasta el impacto de la música en los cambios sociales o la educación y el conocimiento vistos como materias primas.
Pero, más allá de la reflexión conceptual, no están claros los asideros de los que pueda valerse la región para encaminarse en una ruta de crecimiento y de equidad, y parece claro que cada vez se repite lo mismo que hace tiempo, con humor casi macabro, relataba Moisés Naim: “América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras: nada nuevo”.
Aunque la cita corresponde al balance de 2003, pocas cosas han cambiado significativamente. Veamos.
El gobierno de Felipe Calderón navega entre la mediocridad; ninguna reforma estructural de gran calado ha pasado, la competitividad se mantiene estancada y en todos los indicadores internacionales el país descendió, y la tasa sexenal de crecimiento probablemente andará, de nuevo, en un triste 2 por ciento. En Ecuador y Bolivia la locura populista ha tomado carta de naturalización y no hay progresos económicos visibles. En Venezuela la esquizofrenia de Hugo Chávez llega ya al paroxismo y el país es un desastre. En Centroamérica la pobreza se profundiza. Argentina no termina de salir de una crisis estructural galopante y los escándalos de los Kirchner son de antología. Chile, sin duda el país que está en las mejores condiciones en la región, tendrá al menos dos años muy difíciles, y Brasil, pese a que subió ocho posiciones en el reporte de competitividad del WEF, muestra debilidades serias en el campo educativo, la seguridad pública y la pobreza, que pueden dar al traste con el llamado milagro de Lula.
Pero el problema central es que ni los líderes políticos ni buena parte de la sociedad regional parecen darse cuenta de que son ya varias las décadas pérdidas y que otros países y regiones han avanzado mucho más rápidamente que cualquiera de los nuestros.
Quizá el mayor desafío consiste, a pesar de ese contexto poco promisorio, en tener la claridad intelectual suficiente como para insistir en los caminos y las políticas públicas que los gobiernos debieran seguir en esta hora y enfrentar los nuevos retos. Si en los años setenta la respuesta fácil era democratizar y, en los años ochenta, hacer las reformas económicas de mercado, ahora no hay respuestas fáciles. Y el resultado es que, quizá como nunca antes, muchos se preguntan qué hacer, o, peor aún, si hay algo que hacer con América Latina
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