Cartagena de Indias.- La educación de calidad, la innovación y el desarrollo científico y tecnológico serán, justamente, el reto más urgente a corto plazo.
En los últimos veinte años la orientación predominante de las políticas económicas en el mundo ha sido la eliminación de las barreras al comercio internacional; la atracción de inversión extranjera; la privatización de empresas públicas, y la instrumentación de políticas fiscales y monetarias que sanearan las finanzas públicas. América Latina aplicó con firmeza ese paquete de reformas, dirigidas principalmente a la eficiencia económica.
Por efecto de tales políticas, en los años 90 la región redujo la inflación a un solo dígito; el déficit presupuestal y la deuda pública disminuyeron, la apertura comercial hizo descender el promedio de aranceles y la inversión extranjera creció. Cada una de esas medidas varió, desde luego, de país a país, pero en general la intensidad de las reformas superó todo lo conocido hasta entonces. Sin embargo, en términos de crecimiento económico, reducción de la pobreza y redistribución del ingreso, los resultados fueron desalentadores.
Hasta ahora, no hay un verdadero consenso acerca de cuáles son las razones que explican el hecho de que, a pesar de la relativa eficacia en la aplicación de las reformas, los resultados no fueron los esperados, o, por lo menos, no del todo.
El problema en pleno siglo XXI es que, cuando América Latina había aprendido ya todas las respuestas, las preguntas cambiaron. Ahora hay tres tendencias clave que demandan políticas muy distintas y todas ellas asociadas a la educación y la investigación.
Una es que ya no basta con impulsar reformas a la educación si no se hacen también, y más radicales, a la gestión de la educación, de suerte que permitan entender el nuevo mercado del trabajo y alinear el modelo educativo hacia la transición económica y el desarrollo de talento. Otra es que vivimos en plena transición demográfica y América Latina no sólo tiene más población, sino más población económicamente activa y ya se empieza a mirar, en un horizonte de diez o quince años, el final del llamado bono demográfico. Y una tercera es que, hoy, los países competitivos generan empleos “buenos y productivos” y éstos sólo los generan las economías del conocimiento.
Si América Latina no pone en el centro de la agenda el aumento en la productividad, en la calidad de los recursos humanos y en la innovación, no elevará el valor agregado de lo que produce y, por ende, seguirá teniendo crecimientos más que mediocres.
Dicho de otra forma: los países más necesitados importarán talento de donde haya y los países que generen ese talento pero no innovación lo exportarán (15% de los mexicanos con educación terciaria ya vive fuera del país, por ejemplo). En cambio, los países que produzcan talento y al mismo tiempo transiten hacia la innovación y la economía del conocimiento crearán ventajas competitivas, valor agregado y crecimiento sostenido.
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