En el actual paisaje político y mediático de México parecen ya poco valoradas la calidad y la eficacia de los gobernantes.
A nadie le preocupa mayormente si éstos diseñan y ejecutan políticas públicas que favorecen el crecimiento de la economía o la generación de empleos productivos y bien remunerados; si toman buenas decisiones para elevar los rendimientos escolares; si son cuidadosos en el manejo del gasto público o si eligen invertir los recursos en obras que van a ser rentables socialmente.
No, lo que importa ahora es tener una abrumadora exposición mediática, acudir a cuanta campaña o informe sean convocados, echar bronca y repartir culpas a otros niveles de gobierno, calificar bien en las encuestas del día y, en lo posible, ganar elecciones.
Pero a veces sale alguno que otro “outsider” que logra entender mejor la acción de gobernar (y hacer eventualmente mejor la tarea) que los llamados políticos profesionales. Veamos un ejemplo curioso.
Arnold Schwarzenegger, el actor que de pronto se convirtió en gobernador de California y al que el establishment de los políticos vio generalmente con desprecio, podría terminar en enero próximo, cuando deje el cargo, con un buen historial al frente del Ejecutivo de ese estado The New York Times publicó (“The Loneliness of Governor Schwarzenegger”, 10/07/ 2010), un análisis en el que repasa el contrasentido, frecuentemente cruel, de tomar decisiones públicas correctas pero perder popularidad o votos.
Desde hace más de un año, el antiguo Mr. Olympia apenas obtiene un modesto 30 por ciento de aprobación, su estado afronta un gigantesco déficit fiscal, la burocracia lo detesta porque recortó sus sueldos y tanto demócratas como republicanos no lo quieren porque se dedicó a gobernar cruzando la rigidez de ambas líneas partidistas para tomar decisiones. Los logros del gran Arnold, dice el diario, han sido sin embargo “considerables, y probablemente tendrán un impacto perdurable”.
Hizo reformas que en cierta medida rompieron el monopolio partidista en la nominación de candidatos, reorganizó los distritos electorales para darles mayor representatividad y sacudir el control de los legisladores tradicionales sobre ellos, redujo el gasto corriente, le metió mano al sistema penitenciario estatal e impuso a las emisiones de CO2 una de las legislaciones más estrictas dentro de EU.
Dicen algunos de sus correligionarios que “será recordado como el más grande reformista político en la historia moderna de California”.
Por raro que parezca tratándose de un actor por lo demás bastante malo, pero ¿de qué gobernante mexicano podría decirse algo parecido en estos tiempos? ¿Quién de ellos dejará logros y resultados suficientemente positivos que serán recordados por su profundidad, sus alcances, su impacto real?
Si queremos ser un país serio, es hora de cambiar la forma de medir la efectividad de nuestros mandarines. |