Desde un punto vista emocional los rasgos de gobiernos que suscitan cierto aprecio consisten en que sepan infundir respeto, inspiración y temor. Nada de eso, sin embargo, está pasando en el México de estos días y eso no augura buenos tiempos ni para la calidad de la incipiente democracia ni para el bienestar de la sociedad.
Para empezar, todas las encuestas muestran que la confianza en los políticos y, peor aún, en las instituciones se encuentra en los niveles más bajos de credibilidad ciudadana. La grandeza de la política ha sido sistemáticamente socavada por la pobreza de los políticos de turno con graves efectos sobre la vida pública.
Según el Latinobarómetro 2009, México es, al lado de Guatemala, donde la desilusión con la democracia registra índices más elevados. Es verdad que la bandera con que Vicente Fox ganó las elecciones presidenciales del 2000 —la promesa del “cambio”— elevó las expectativas del electorado muy por encima de lo razonable y el fracaso de ese gobierno condujo inevitablemente a la sensación de engaño y frustración.
Pero en los años siguientes la percepción no ha variado porque en casi ninguna de las políticas públicas que le importan a la gente —crecimiento económico, calidad educativa, buenos empleos, ingresos o seguridad— ha habido avances notables o que, al menos, hagan una diferencia con el pasado.
En consecuencia, tampoco puede decirse que exista verdaderamente un liderazgo inspirador ni en el presidente ni en los gobernadores como el que en etapas complejas llevaron a otras naciones a superar sus crisis. Alfonso Guerra, el número dos de Felipe González, definió muy bien lo que los socialistas querían tras su primera victoria electoral: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Y así ocurrió. Medida casi con cualquier indicador, España es hoy muy distinta (y mejor) a lo que esa generación política encontró cuando llegó al poder.
Las sociedades necesitan creer en algo, tener asideros que les permitan saber cuál es su lugar en el mundo y cuáles las fortalezas para construirse un destino posible y nutrir un sentido de identidad colectiva en valores muy distintos al nacionalismo y el patriotismo ramplones y cursis. En suma, necesitan un proyecto de futuro que sirva de combustible para emprender las reformas necesarias.
Decir, finalmente, que estos gobernantes infunden al menos temor en el sentido reverencial del término es igualmente inexacto. Ni eso. Hoy se les teme a los medios, a la delincuencia organizada, a algunos empresarios poderosos o a la amenazante presencia del ejército en las calles, pero a las autoridades no.
Esta combinación de incertidumbre, pesimismo y autodefensa, que parece ser el signo distintivo del maltrecho estado de ánimo de los mexicanos, conduce a una especie de parálisis y estancamiento social. Y del agua estancada, diría William Blake, “espera veneno”. |