Todo indica que estamos llegando al peor de los mundos posibles en materia educativa. Por un lado, son evidentes la pertinencia, calidad y precisión de los argumentos —OCDE, ONU, Harvard, analistas— que demuestran que el SNTE se ha convertido en el factor más negativo para mejorar la educación en México. Pero, por otro, es inédita la fuerza que ha alcanzado la presidenta del gremio que le permite echar por tierra sistemáticamente cualquier posibilidad de corregir el problema. En suma, parece que estamos en un callejón sin salida. Veamos.
Para empezar, el SNTE ha diversificado y fortalecido las bases que lo sostienen. Unas, de carácter institucional, están anidadas en áreas clave de la SEP, en otras dependencias del gobierno federal y, crecientemente, en el control de los organismos estatales que manejan la educación, las cuales le permiten disponer de aparato burocrático, control de plazas y al menos unos 100 millones de dólares anuales procedentes de las cuotas sindicales.
Otras tienen que ver con las dirigencias de las secciones sindicales locales, a las cuales sujeta con una combinación de palo y zanahoria. Algunas más residen en la táctica dilatoria de tomarles el pelo a académicos, directivos empresariales o periodistas con la ficción de que tiene voluntad para colaborar. Y una última consiste en los rendimientos marginales, pero relativamente útiles en elecciones competidas, que produce el voto asociado a Nueva Alianza y en los cargos de elección popular que ha obtenido.
Vistas por separado, cada una de esas variables funciona para diferentes públicos y actores, pero en conjunto constituyen un andamiaje transversal que cada vez es más difícil romper porque el menú de las complicidades se ha vuelto laberíntico: desde estabilidad sindical hasta votos y recursos financieros para hacer campañas, pasando por hacerles creer a algunos que pueden convencer a la señora Gordillo de aceptar los cambios que urgen a la educación.
Así es como ha venido comprando tiempo en los sexenios de Fox y Calderón, y como ha consolidado, a lo largo de más de dos décadas, su imperio sindical.
Las consecuencias de este desastre, a estas alturas, ya no pesan sólo sobre el maltrecho estado de la educación básica nacional, sino sobre el espacio político porque tanto el gobierno federal como los gobernadores han caído en la trampa de admitir a pie juntillas que no hay reforma educativa viable sin la participación de la maestra y ésa es una falacia.
La historia del sindicato magisterial es el mejor ejemplo. El fortalecimiento de la presidencia de Luis Echeverría y la reforma educativa de los años setenta no habría sido posible sin la caída de los líderes Carlos Olmos y Eloy Benavides, en 1972, orquestada y ejecutada por Carlos Jonguitud, quien a su vez fue defenestrado por la maestra Gordillo, con el pleno apoyo del presidente Salinas, para facilitar la descentralización educativa. La moraleja es simple: mientras siga la maestra, no hay cambio educativo posible. |