En la lectura del presidente Calderón, si los números muestran que nada está cantado para las siguientes elecciones presidenciales, las alianzas pueden hacer la diferencia.
Por ejemplo, en varios estados donde la competencia fue cerrada, es decir, menos de 5% de diferencia de votación entre el PRI y el segundo partido, ese margen lo aportaron probablemente partidos como el Verde y Nueva Alianza, lo que quiere decir que éstos representan una especie de costo de oportunidad —“con ellos no se gana pero sin ellos se pierde”— pues generan el rendimiento marginal que es indispensable para obtener una votación mayor.
Esta es la siguiente apreciación. Los partidos pequeños se vuelven carísimos a la hora de ensamblar una alianza tanto por los cargos obtenidos como por su influencia directa en las tareas de gobierno. Un caso: Nueva Alianza, técnicamente, ganó ocho gubernaturas en alianzas, 29 ayuntamientos, 78 diputaciones, 24 sindicaturas y 204 regidurías, según la contabilidad de Rubén Cortés en estas páginas. Además, es muy probable que con los nuevos gobiernos controle las secretarías de educación estatales lo que multiplica su fuerza y presupuesto y, por ende, la subasta por su precio electoral.
Si en opinión del presidente las alianzas funcionan, funcionan para todos y vale la pena pagar el precio en 2012. Las coaliciones donde participaron PAN-PRD y otras siglas han sido una buena experiencia electoral no tanto en el sentido de cuántos electores se agenciaron ni sólo por los votos recaudados o las victorias obtenidas sino por que revelan que la construcción de un frente anti-PRI puede ser un cemento muy efectivo para repetir el ejercicio en los siguientes dos años.
En este sentido, Calderón, muy probablemente incentivado por los estrategas de las alianzas, puede sentirse tentado a perfilar una sucesión en donde el leit motiv no sea que su partido gane sino impedir a toda costa el regreso del PRI a fin de que no se produzca lo que los teóricos llaman una “contraola” en el proceso de transición o una “interrupción democrática” con la vuelta del viejo autoritarismo.
El racional es simple: según esos estrategas, para que la transición mexicana se complete falta una segunda alternancia pero ahora hacia una opción de centro izquierda. De ser así, Calderón lograría, desde una perspectiva histórica, dos objetivos: uno es la derrota del PRI y el otro heredar la presidencia a un candidato ganador producto, formalmente, de un conjunto de fuerzas partidistas, entre las cuales está la suya.
En la lógica de Calderón —una lógica genéticamente partidista y doctrinaria— quizá es preferible que aunque no gane un panista, la sigla del PAN aparezca entre los partidos triunfantes porque esto significaría, según ese prisma, casi una operación de salvación: perdamos el poder pero no la democracia.
(Esta columna volverá a publicarse a partir del 2 de agosto) |