Culpar sólo a las religiones de conflictos actuales es injusto y equivocado. En general, la fe es un buen acompañamiento espiritual a lo largo de la vida y quizá un don que ayuda a manejar de mejor forma sus numerosas vicisitudes. Durante la tragedia del 11-S, por ejemplo, se convirtió en una poderosa fuerza que ayudó a muchos habitantes de Nueva York a superar el doloroso trauma.
Pero hay una vertiente de las religiones –que, por definición, son subjetivas, irracionales y excluyentes en tanto se fundan en la posesión de una verdad única y absoluta- que, junto con otros factores, como la migración, la discriminación, las dificultades culturales para convivir civilizadamente o la competencia por el espacio urbano y los empleos, han atizado fenómenos de intolerancia que amenazan, a veces gravemente, la construcción de sociedades que funcionen a partir de valores compartidos, de lazos de cohesión y de respeto a códigos aceptados por todos. Y esto se observa desde luego en el terreno religioso, pero también en materia de libertad sexual, de identidad racial y de aceptación del laicismo.
Lo primero que destaca es la lentitud con que se ha avanzado en el reconocimiento de que las distintas preferencias sexuales tienen todo el derecho a organizarse civil y familiarmente de la manera que mejor les parezca y que, por ende, debe el Estado brindarles, en tanto ciudadanos que las ejercen, todos los derechos en igualdad de circunstancias que al resto del entramado social.
Pero cuando se introducen en el debate argumentos religiosos o pseudo científicos para eludir esa obligación, se genera una tensión social y política que termina por confinar a un colectivo no sólo a una situación extra legal sino que además inhibe el lento camino de aceptación cultural de que otras orientaciones sexuales u otras formas de organización familiar también caben dentro de la estructura social prevaleciente.
El segundo problema que daña la tolerancia tiene que ver con la composición pluriétnica. Tan dañino es que una comunidad discrimine a quienes han llegado de fuera como que éstos asuman un modo de vida comunitario para el que las costumbres, leyes o códigos de comportamiento del lugar al que han llegado no existan. En Toronto, por ejemplo, una ciudad abierta, hay una creciente discusión sobre si las leyes islámicas ocupan una jerarquía superior a la legislación canadiense. Como es evidente, el mero hecho de plantearse esta discusión anticipa crispación y conflicto.
Y el tercero es la insistencia, en especial de la iglesia católica, de estigmatizar el laicismo como una limitación a la libertad religiosa cuando en realidad es su principal defensa, y un instrumento para garantizar la convivencia civilizada de distintas culturas y el respeto a la pluralidad de credos. Es, en suma, la mejor manera que tienen el individuo, la familia y la sociedad de defender su independencia y su libertad de conciencia.
Defender el derecho a las distintas diversidades, practicar la tolerancia como hábito cotidiano y garantizar las libertades fundamentales es el único camino para definirnos, en realidad, como sociedades civilizadas.
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