El actual período presidencial comenzó con la sombra de la ilegitimidad, que en muchos mexicanos tuvo cabida dada las anteriores experiencias en el proceso de elección presidencial, en las cuales la votación se decantaba con abrumadora votación por un candidato. En este caso no fue así, ya que el triunfo se alcanzó por un margen mínimo.
En los tiempos del partido tricolor se ganaba por una amplia mayoría e incluso esta inercia alcanzó al primer presidente del blanquiazul, por cierto de no muy grata memoria. Sin embargo a pesar de dicha sombra y de los continuos desafíos del auto denominado “presidente legítimo”, para muchos de nosotros representaba una esperanza de un nuevo enfoque en la conducción del país. Una directriz acorde con las tendencias económicas mundiales y con las necesidades de la nación, que según las promesas de campaña del actual mandatario, la economía se reactivaría notablemente por las facilidades dadas para la inversión, y con el toque adicional de ciertas medidas atribuibles a una corriente de izquierda. Esperando que estas propuestas se cumplirían, fue que un soplo de esperanza recorrió México, pero una vez pasado el encanto del cambio, la realidad comenzó a imponerse.
El origen de los problemas de nuestro país es de orden estructural, que durante muchos años se ha venido arrastrando y que se ha enraizado profundamente. La solución requiere de drásticas medidas, que sacudirían a la sociedad y de modo muy marcado a las grandes empresas, que se han visto favorecidas con el actual estado de cosas. Recordemos a los bancos como buen ejemplo de situaciones más que favorables para los actuales dueños.
Una clara muestra del perverso sistema económico que priva en México lo constituyen los cerca de 60 millones de pobres, cifra reconocida aún por el propio gobierno, cantidad que no hace sino ejemplificar la fuerte concentración de la riqueza en relativamente pocas manos.
El modelo económico, de suyo con cierto grado de inestabilidad, se ha visto afectado por las turbulencias financieras mundiales y lo han puesto en graves apuros, con fuertes caídas en el crecimiento, se estima hasta un 7 % para este año, y con todas las consecuencias en el empleo y consumo que vienen aparejadas.
En el mundo globalizado de las finanzas, los organismos que califican a los países para ser merecedores de créditos, han puesto a México en una posición hasta cierto punto desventajosa en este mercado. Dos importantes evaluadoras han rebajado la calificación del país en estas últimas semanas, lo que tiene muchas lecturas, pero quizá la más importante es la poca confianza en el desempeño financiero del actual gobierno. Las razones son múltiples y van desde la incompleta reforma fiscal, hasta la inevitable dependencia que el Banco de México va a tener de la oficina del Presidente. Esto puede significar una obediencia absoluta a lo que se dicte en Los Pinos, vulnerando la autonomía que este organismo debe tener y con ello, dando pie a la posibilidad de llevar al país a fuertes problemas económicos de consecuencias impredecibles, de inflación y devaluación de la moneda, como las que se vieron en la época del señor López Portillo.
El presidente Calderón ha visto cómo sus primeros tres años han sido de fuerte desgaste, la cruenta lucha contra el crimen organizado parece no tener fin y el costo en vidas y dinero ha sido muy alto.
Si a este gran problema le añadimos la crisis, podemos comenzar a sospechar que este sexenio también podría considerase como perdido en la búsqueda del bienestar del país.
Al presidente aún le quedan poco más de dos años de poder. Tengo la esperanza de que haga cosas que propicien a México salir de su inercia negativa, implantando un modelo más favorable a la nación, que permita un crecimiento equitativo para la sociedad. Por lo que debe alejarse del modelo neoliberal ortodoxo que poco ha dejado a la gran mayoría de mexicanos y volver la mirada hacia el de otros países exitosos como Brasil.
El presidente Calderón tiene un fuerte e ineludible compromiso con el pueblo de México y de manera muy marcada con los muchos millones de pobres, que sus predecesores en el puesto se han encargado de crear. La caridad disfrazada de programas no ha funcionado y los pobres siguen en aumento. ¿Cuando se decidirá el presidente y su grupo de asesores a dar un viraje radical, que rescate al país?
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