Según Adherents, un sitio web especializado en estadística y geografía de las religiones, existen en el mundo unas 4 mil 200 religiones, iglesias, denominaciones, confesiones, movimientos de sanación o grupos de fe de todo tipo, de los cuales sólo 19 tienen más de un millón de fieles.
La lógica económica de este boom sugiere que hay una demanda creciente, digamos un mercado de almas en expansión, que está siendo satisfecha, como vemos, por una oferta abundante de asideros religiosos o que pasan como tales. La pregunta relevante es ¿por qué?
En una perspectiva de largo plazo, el mundo del Siglo XXI es, bajo casi todos los indicadores, mejor que hace dos o cuatro siglos atrás. La esperanza de vida ha crecido notablemente; la salud y la educación han alcanzado una cobertura y calidad mayores; el nivel de ingreso (aunque no necesariamente su distribución) ha aumentado consistentemente; el tiempo para el ocio y el descanso registra incrementos importantes y en general el mundo se ve mejor que aquel en que vivieron nuestros ancestros.
El pensamiento convencional diría, por tanto, que la gente podría estar más satisfecha con su vida, más serena espiritualmente o simplemente más tranquila y hasta feliz. No está claro si es así. En 1900, por ejemplo, el 50% de la población mundial pertenecía a las cuatro principales religiones; un siglo después el 64% y la proporción estará en el 70% para 2025. Es válido por tanto preguntarse qué relación puede haber entre una vida aparentemente mejor y la expansión de lo que podemos llamar, genéricamente, religiones.
Con independencia de quienes optan por el agnosticismo o se declaran no creyentes, quienes sí se declaran religiosos, practican algún rito o andan en busca de una fe alternativa constituyen un universo de análisis que podría aportar información interesante acerca del estado psicológico de las personas en esta vertiente tan íntima.
Una posibilidad es que, en el caso de lo que suele denominarse sociedades poscristianas y con un alto nivel de desarrollo —como las nórdicas—los referentes convencionales de vida o el sentido de trascendencia no pasan ya por las religiones principales y surge quizá la necesidad de explicaciones alternativas. Otra es que ese 36% de la población que no pertenece a una de las cuatro grandes, intente satisfacer su vida espiritual con algo distinto, novedoso. Otra más es la facilidad de encontrar una creencia que se ajuste bien con el estilo de vida y brinde certeza. Y una última, la más antigua y arraigada, es la de vivir una religión por orígenes históricos y motivaciones políticas.
En cualquier caso, como decía hace tiempo The Economist, las nuestras se han convertido hoy en sociedades plurales y, por ende, multiconfesionales donde impera la libre competencia, el fervor religioso y la libertad de elegir.
¿Es esta una buena noticia y ayudará a tener un mundo más tolerante, abierto, incluyente y respetuoso de la diversidad y la diferencia? Trataré mañana de discutir este punto.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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