Quiere la tradición, el sentimentalismo, la nostalgia o el gusto que en esta temporada se reflexione acerca de las cosas que intentan explicar, frecuentemente sin éxito, el interminable misterio de la existencia humana.
Los dilemas de la felicidad y el amor, la razón y la fe, la soledad y el abandono, el sentido de la vida y la inevitabilidad de la muerte son las grandes interrogantes que formulamos cada día para tratar de encontrar una pista que afiance nuestro lugar en el mundo.
En pleno nuevo siglo hay al menos tres temas, que abordaré estos días que cruzan esas interrogantes: la idea de felicidad, la posición del individuo frente a las creencias y la cuestión de la tolerancia en las relaciones entre personas, civilizaciones y culturas. Ninguna nueva, todas actuales.
Desde hace algunos años, en el afán por saberlo todo de manera racional o empírica, la academia ha empezado a medir los grados de felicidad de los países y se habla incluso de que ha surgido una nueva disciplina cuya evolución debe influir sobre las políticas públicas. Lo que esta tendencia entiende por felicidad, es decir, el nivel de satisfacción que se tiene respecto de sí mismo y del entorno en que vive, arroja datos singulares. La relación entre dinero y felicidad, por ejemplo, no es necesariamente progresiva porque a partir de cierto nivel de ingresos las sociedades más desarrolladas se estancan en la sensación de bienestar y de hecho se emparejan con otras más rezagadas, con países pobres e incluso con comunidades tribales que se sienten tan felices como aquéllas.
Por tanto, cuando eso ocurre hay dos lecciones importantes. Una es la evidencia de que el crecimiento, la seguridad, la cohesión social, el respeto a los derechos humanos, la transparencia o la democracia son pilares en la construcción de la felicidad colectiva. La otra es que, cuando esos objetivos han sido alcanzados, entran en juego otros valores, menos tangibles pero cruciales, como la familia, la amistad, la calidad de nuestras relaciones afectivas o la solidaridad, entre otros. Lo primero depende sin duda de buenos gobiernos, buena ciudadanía, mucho trabajo y buenas decisiones. Lo segundo de nosotros mismos.
Lo que hoy se observa, sin embargo, en sociedades con distinto nivel de desarrollo y en especial a partir de los escándalos financieros recientes, es que la codicia, algo que siempre ha existido, no es sólo una opción para “tener”, sino que se trastoca en el instrumento para “ser algo” en una comunidad, en la vida misma, y entonces se convierte, sobre todo entre clases emergentes, en un elemento aspiracional que no sólo se tolera y se acepta, sino que se persigue por cualquier medio y se compite por ella. En una palabra, si somos lo que tenemos, no tener en la proporción que pavimente ingresar a ese círculo lleva indefectiblemente a la frustración.
En parte, esto explica el aumento de fenómenos como la depresión, la desconfianza, el estrés, la ansiedad o la búsqueda de creencias que, en teoría, doten a la vida de aquello que lo material no le proporciona. De eso hablaré mañana.
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