Por razones de trabajo pasé una temporada viviendo en Madrid entre 1985 y 1986 y, un buen día, mi amiga Teresa Franco González-Salas habló para pedirme si podía alojar en mi departamento a José Emilio Pacheco (JEP), que, corto de fondos, venía a España para impartir algunas conferencias.
Hasta entonces había leído más su narrativa —en especial Morirás lejos (1967), El principio del placer (1972) y Las batallas en el desierto (1981)— que su obra poética, si bien Irás y no volverás (1973) y, sobre todo, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970), el libro con el que ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, fueron particularmente reveladores de la riqueza intelectual y la sofisticación literaria de José Emilio.
Lo tuve en casa por tres o cuatro días y le acompañé a pasear en varias ocasiones a la Plaza de Oriente, a verlo comer con delectación y compartir el gusto por el tabaco, a hurgar en las librerías de viejo y a disfrutar de la erudición, el pesimismo, el desencanto crónico y la calidez de su conversación.
Como hasta ese momento jamás le había tratado, me sorprendió encontrar una personalidad singular; no me explicaba cómo un escritor ya entonces instalado en la fama y con 1.80 de estatura pudiera moverse por la vida como un desvalido al que uno sólo quería brindarle cuidados, afectos y ayudas. Leer sus libros y ver su impericia ante las cosas prácticas —como hacer la maleta— era sencillamente enternecedor. Apenas el pasado 21 de noviembre, vaya coincidencia, le encontré en el vuelo de Madrid que, junto con Cristina, su mujer, les traía a México.
Ahora JEP ha recibido el Premio Cervantes y correrán ríos de tinta para elogiar una dilatada obra que —como poeta, novelista, periodista cultural o traductor— ha enriquecido la literatura en español a lo largo de medio siglo. Pero quizá todas ellas no serán suficientes para destacar sus virtudes como trabajador intelectual y como persona.
Muy pocos de los habitantes de la República de las Letras han construido una obra tan constante y maravillosa haciendo de la elegancia moral un rasgo esencial. Ni entonces ni ahora le he escuchado una palabra soez o una referencia vulgar respecto de algo o de alguien; jamás le he visto el tono altanero o amargoso de muchos de los que pueblan las páginas de nuestros medios.
Siempre insiste en que la actual es la peor época de México y de la vida o que las cosas están fatales y sobrevendrá el apocalipsis, pero tengo para mí que son sólo pequeños recursos para esconder su optimismo, su felicidad y su condición de estupendo ser humano.
En el mundo intelectual mexicano de estos días, en que imperan la superficialidad, los lugares comunes, el oportunismo, el acceso a los privilegios de la corte o la codicia, José Emilio Pacheco no sólo es una afortunada excepción, sino también la mejor evidencia de que la inteligencia, el pensamiento y la creatividad son una forma superior de vida.
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