Una de las facetas poco analizadas de la crisis mexicana es la asombrosa cantidad de disparates que algunos pueden vomitar a propósito de temas que no conocen. Ya Fernando Escalante, por ejemplo, ha citado en estas páginas (www.razon.com) el caso de un locutor de radio que “exige” borrar de un plumazo a los diputados plurinominales (o de representación proporcional, RP) y ofrecido argumentos jurídicos para refutar el dislate.
Pero más allá de los fundamentos políticos y electorales que dieron origen a los pluris o del efecto que su desaparición tendría sobre el sistema de partidos, hay razones de tipo práctico que invitan a reflexionar sobre la naturaleza de esta modalidad de elección.
Pongamos las cosas de la siguiente forma: reducir el tamaño de las cámaras es una idea que, aislada, sólo tiene importancia mediática para intentar satisfacer una expectativa del público en términos del costo presupuestal que tiene el Legislativo en comparación con los beneficios que aporta o bien de carácter estético para evitar la pena de ver “noroñas” (o “juanitos”, según sea el caso) erigidos en representantes populares, pero no resuelve ningún problema de fondo en materia de sistema ni de régimen políticos.
En el terreno de la Cámara de Diputados parece adecuado dejar la composición de los legisladores electos por el principio de mayoría relativa en los 300 distritos que existen actualmente. Pero desaparecer los plurinominales es otro asunto.
Por una parte, es claro que la elección de diputados de RP tiene una ventaja que es poder llevar a la cámara a personas política y técnicamente capaces y experimentadas que, ello no obstante, difícilmente ganarían una elección directa en las calles. Por otra, también es evidente que los partidos aprovechan esta alternativa para resolver las necesidades derivadas de una siempre compleja correlación de fuerzas al interior de cada formación, gracias a la cual más o menos mantienen ciertas condiciones de eficacia como la estabilidad, la unidad relativa o la disciplina tanto a la hora de acomodar las nominaciones como en la integración del grupo parlamentario.
Si se suprime este tipo de diputaciones, entonces se corre el peligro de que quienes ocupen la mayoría de las candidaturas sean exclusivamente aquellos que proceden de las distintas expresiones o corrientes internas, a veces los peores, y no quede espacio para otros cuadros que, sin estar dentro de alguna de éstas, sí agregan valor al funcionamiento de las bancadas, de las comisiones y de la cámara en su conjunto.
Quizá una opción sería dejar sólo 100 diputados de RP, lo que, si bien no cancela el riesgo de las exigencias de la coyuntura, es decir, las presiones corporativas, de las nomenclaturas partidistas o de los gobernadores para copar también candidaturas de RP, facilitaría un equilibrio entre las dos posibilidades de nominación.
Ante la hipótesis de ver al Poder Legislativo infestado sólo de bribones, sería el menor de los males.
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