Por cortesía de mi amigo David Konzevik leo que dos diputados alemanes, Josef Schlarmann y Frank Schäffler, proponen que Grecia, acosada por las deudas y los excesos, ponga en venta algunas de sus 6000 islas esparcidas en los mares Egeo y Jónico, y de las cuales sólo 227 están habitadas.
¿Genialidad o disparate?, se preguntó hace días el columnista Jorge Elías en La Nación de Buenos Aires. Su respuesta no tiene desperdicio:
“No sería la primera ni la última vez que una genialidad o un disparate facilita un negocio. ¿Cómo hacen los Estados Unidos para comprar en efectivo gran parte de su territorio? Los negociadores logran, en general, que el precio termine siendo irrisorio. El pionero es un holandés en Nueva York. La descubre en 1524 Giovanni da Verrazzano, navegante florentino al servicio de Francia. Un siglo después, en 1624, la compañía holandesa de las Indias occidentales funda allí Nueva Amsterdam. En dos años el gobernador, Peter Minuit, compra la isla de Manhattan a los indios carnasie; les paga 60 florines (con toda la furia, 24 dólares)… Es una estafa: no de Minuit, sino de los carnasie; la isla pertenece a otra tribu. Declarada la independencia, los Estados Unidos son el único país que compra territorios para expandirse. Les pagan cinco millones de dólares a España por Florida y poco más del doble a Francia por Louisiana (el estado homónimo y varios más; en total, el 23 por ciento del actual territorio nacional). Anexan, en otras circunstancias, a California, Texas y Nuevo México. (…) En 1867 cierran el trato por Alaska los emisarios del zar Alejandro II y del presidente Andrew Johnson. Los Estados Unidos desembolsan por ese suculento trozo de hielo, supuestamente inhabitable, una suma ridícula: 7,200,000 dólares (actualizados, poco más de 90 millones). El valor de la tierra aumenta en forma sideral desde el siglo XIX. Toda inversión en bienes raíces reporta ganancias. ¿Qué ocurriría si Grecia, como aconsejan Schlarmann y Schäffler, se desprende ahora de terrenos, como por ejemplo sus islas deshabitadas? (…) El que está en bancarrota debe convertir en dinero todo lo que tiene para pagar a los acreedores, predican los diputados alemanes…. No es la situación de Rusia cuando liquida Alaska. Es un extenso territorio improductivo, de clima extremo, colonos sufridos y, en caso de invasión, defensa insostenible. El negociador ruso, Eduard de Stoeckl, es premiado por pelear hasta el último centavo. Del lado norteamericano, la operación es, según The New York Tribune, “la estupidez de Seward”, apellido del secretario de Estado que obtiene por un voto en el Capitolio la venia para concretarla. ¿Lo barato sale caro? Lo aparentemente caro sale barato. Descubren oro y petróleo. Locos no están Schlarmann y Schäffler. Ni locos, ni solos.”
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