El título de esta columna no se refiere, desde luego, a las traiciones, variadas y numerosas, que Elba Esther Gordillo ha perpetrado contra sus aliados políticos a lo largo de su vida sindical y partidista, sino a otra más grave que tiene que ver consigo misma o, dicho de otra manera, con la forma como la maestra piensa que será recordada cuando se escriba la historia de la educación mexicana de las últimas décadas.
En paralelo a la consolidación del control que la maestra ha ejercido de la dirigencia nacional del SNTE, momentos ha habido en que ha intentado tesoneramente seducir y cooptar intelectuales, periodistas y otros líderes de opinión para su causa, quizá aspirando a que ese esfuerzo diera como resultado una valoración más benigna de su paso por el sindicalismo magisterial.
Así ha lanzado iniciativas como la Fundación SNTE o una extraña agrupación de maestros latinoamericanos o colecciones editoriales donde lo mismo aparecen publicados Carlos Fuentes que Fernando Savater o programas de televisión destinados a mostrar que su organización no es tan perversa como parece o programas maratónicos de relaciones públicas sin tino ni destino.
En buena medida, la cantidad de dinero y tiempo invertido en ese afán no supone, en realidad, que necesite el endoso de la opinión pública, puesto que tiene un control efectivo del sindicato y aprovecha el temor de los gobiernos a malquistarse con ella, sino probablemente porque se trata de una reacción inconsciente que, a su edad biológica y política, empieza a ocuparla.
Dicen sus confidentes que la maestra suele elaborar un discurso donde se mezclan, de manera un poco irracional, los argumentos que, según ella, explican su papel: la bandera nacionalista, la defensa de la educación pública o la estabilidad sindical, por ejemplo.
Pero en el fondo lo que hace es diseñar un andamiaje psicológico para sí misma, que le sirva para pensar que no es todo lo mala que los demás dicen y que la convenza de que, como los grandes, sufre la incomprensión de un país al que cree haberle servido. Se trata de la típica propensión de las personas a dar por ciertas las distorsiones de los hechos de tal manera que les permita alojarlos en la memoria de la forma como los imaginan, y no como sucedieron.
Es exactamente eso, el autoengaño, lo que permite a los seres humanos, como ha estudiado el psiquiatra Luis Rojas Marcos, neutralizar “una verdad implacable con una falacia benevolente” o justificar una “conducta intolerable con una excusa persuasiva”.
El drama es que, cuando se haga el balance de su papel en la educación mexicana y se documente con precisión el daño que ella y su organización le han hecho, ese imaginario personal con el que la maestra se identifica y sobrevive se vendrá inevitablemente abajo.
Será, entonces, su última traición: la traición a sí misma.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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