Aunque al secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, le fascinan las florituras verbales para eludir los problemas reales en América Latina, deberá poner más atención en lo que ocurre en Venezuela porque, tarde o temprano, los conflictos regionales le estallarán en su cara.
Por un lado, es evidente que el comandante Chávez ha puesto en práctica la vieja estratagema de exacerbar los sentimientos nacionalistas para sostenerse en el poder y una buena manera es fabricar una amenaza externa. Como la de Estados Unidos es poco creíble, entonces la de la vecina Colombia resulta más atractiva, sobre todo porque para la mayoría de la población es más o menos usual que el narcotráfico y la guerrilla produzcan diferendos fronterizos en ambos países.
El acento, ahora, es el esmero con que el gobierno de Caracas estira la cuerda elaborando supuestas conjuras colombianas que justifiquen tanto un discurso guerrero como algunas acciones de contención. El cierre de la frontera a las importaciones desde Colombia o la detención de ciudadanos de este país con cualquier pretexto –el último de los cuales fue que espiaban sus instalaciones eléctricas, las cuales, por lo demás, se pueden ver todo el tiempo en Google Earth– son sólo dos ejemplos que le facilitan a Chávez pasos más concretos y, ciertamente, más preocupantes para la estabilidad regional.
Éste es el otro lado del asunto. Hace pocas semanas Chávez anunció la compra de armamento y equipo militar por valor de unos 5 mil millones de dólares, que se suman a otras adquisiciones en años anteriores, y el lunes pasado hizo lo propio al aumentar, por decreto, los haberes de sus fuerzas armadas en un 40%, lo que, para una economía en recesión, inflación y déficit, es el combustible perfecto para una crisis mayúscula. Si bien la renta petrolera venezolana es jugosa, no hay plata que alcance todo el tiempo para neutralizar las variables macroeconómicas, subsidiar a Cuba, Bolivia o Ecuador o derrocharla en subsidios improductivos.
Lo significativo, desde un punto de vista político, es que los gobiernos autoritarios acostumbran tomar decisiones desesperadas cuando hay ruido de sables. Es bien sabido que el lubricante con que Chávez ha mantenido más o menos en paz a su ejército es una combinación de purgas, rotación de mandos y corrupción. Pero es imposible que estos métodos funcionen para siempre y es probable que se estén fermentando disidencias internas que, un buen día, serán letales para el poder de Chávez.
Finalmente, de una manera pragmática y pensando en la estabilidad regional, es necesario que algunos países latinoamericanos y la propia OEA tengan claros los escenarios ante la posibilidad de que un deterioro de la situación venezolana suponga una mayor radicalización de Chávez o bien, en la otra hipótesis, acelere su caída.
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