Los acontecimientos de Acapulco y Ciudad Juárez tienen que ser examinados con serenidad para saber a ciencia cierta si son ejemplos reveladores de que el diagnóstico disponible sobre la violencia en México ya no es funcional o que la dinámica del fenómeno ha cambiado o que la estrategia ha sido equivocada.
Pedir serenidad a una ciudadanía atemorizada o, peor aún, a las familias de los caídos en esta especie de guerra puede parecer una ingenuidad o una broma, pero es indispensable que todos –medios, autoridades, empresarios, líderes sociales y ciudadanos– hagan el esfuerzo de colocarse en un mirador distinto porque de lo contrario la tensión que provoca la incomprensión de los hechos va a producir una parálisis psicológica ante un problema real y grave. La primera interrogante a despejar es si México tiene suficientemente claro de qué se trata. Las distintas esferas de gobierno y, dentro de éste, sus diversas dependencias suelen ofrecer explicaciones a veces tan heterogéneas y contrastantes del fenómeno de la violencia que terminan por crear una confusión tal que el saldo es una profunda sensación de desamparo y desconfianza entre una comunidad que se siente, para efectos prácticos, a merced absoluta de la delincuencia.
Si a estas alturas nadie tiene la película completa de lo que ocurre, la deducción lógica es que entonces nadie sabe si las políticas al respecto van en sentido correcto o no. Por tanto, hay una verdadera urgencia de que, con las salvedades necesarias por razones de seguridad nacional, el gobierno le diga al país, con datos duros y evidencia incontestable, la naturaleza y la dimensión del asunto a fin de recuperar credibilidad y, sobre todo, de mostrar que hay algún grado de conducción.
En esta regeneración del clima social, en segundo lugar, los medios pueden y deben jugar un papel más profesional. Y esto no es un tema de libertades, sino de información rigurosa.
Basta escuchar la esquizofrenia radiofónica, en especial de algunos informativos del DF, para alarmarse por la forma como, al asumirse como sedicentes expertos en el tema y soltar una catarata de opiniones y versiones sin ton ni son, generan una atmósfera demasiado tensa, casi irrespirable, que no sólo no da la información útil que facilite al ciudadano entender la cuestión, sino que pone a las autoridades en la disyuntiva de afrontar el problema o responder a la presión de los medios, lo cual, a veces, es incompatible. Necesitamos la historia, no la histeria.
México no es Iraq ni Yemen ni Afganistán. Tampoco, como escribía ayer Michael Reid, en The Times, “enfrenta un desorden social ni riesgo de guerra civil. Pero… la batalla contra el crimen organizado podría durar una generación”.
Finalmente, la prioridad más importante es que alguien nos diga si lo que se está haciendo es lo más eficaz y por qué; si esta guerra se está ganando y por qué, y si el gobierno está en control de la situación y porqué.
Éstos son los hechos que los ciudadanos quieren escuchar.
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