Que los partidos pacten es lo normal. Que negocien y cedan, también. Pero que acuerden en contra de su razón de ser que es competir y acceder al poder es demencial. Pues algo así pasa con el pequeño vodevil en relación con la no alianza para las elecciones del 2011 en el Estado de México.
Para empezar, ahora es más claro que la decisión de llegar a un compromiso suscrito por dos dirigentes de partidos nacionales importantes, un funcionario del Estado de México y, ni más ni menos, el secretario de Gobernación, no pudo haberse tomado sin conocimiento previo y autorización expresa del Presidente de la República, lo que hace muy evidente no sólo el maridaje de éste con la dirigencia nacional de su partido, cosa por cierto muy legítima, sino sobre todo la confusión respecto de los objetivos, si hay algunos, que el PAN persigue al gobernar.
Por un lado, los actores informan que dicho acuerdo fue en función de aprobar la Ley de Ingresos para 2010, lo que suena muy patriótico para ser cierto, pero por otro es un poco extravagante que, antes del primer round, Acción Nacional rinda la plaza del Estado de México puesto que está perfectamente consciente de que si quiere tener alguna posibilidad de eficacia electoral, ésta será sólo si va junto con otras formaciones políticas. Más aún: si para este caso ejecuta el toma y daca, el mensaje que el PAN envía para las presidenciales es que ya no tiene nada qué hacer, lo que agrava la división interna e introduce una seria debilidad en los niveles de gobernabilidad de Calderón y, por lo tanto, estrecha cualquier espacio para que su gobierno alcance logros relevantes en los 33 meses que le restan a su administración. En un régimen político como el que aún tenemos, un “lame duck” tan tempranero es una mala noticia.
La otra parte extraña de la comedia es el interés real del PRI. Si las encuestas actuales contienen en general datos muy positivos para ese partido, si mal que bien ha procesado adecuadamente sus disputas internas y si tiene militantes con alta popularidad, no se entiende por qué negociar en la mesa lo que puede ganar en las urnas. Un paso de esa naturaleza, entonces, puede responder a la conveniencia de pavimentar más aún el camino, lo que siempre será más cómodo, o bien al temor de que dicha carretera lleve a una dirección distinta que obligue a colocar, desde ahora, las señales y las salvaguardas adecuadas para evitar el descarrilamiento del vehículo.
Se trata, en suma, de movimientos sin duda fascinantes no tanto por lo que enseñan, sino por lo que sugieren.
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