Es probable que gobernantes, funcionarios, dirigentes partidistas y sindicales o legisladores, entre otros, no se hayan enterado de algo que la teoría económica y, mejor aún, el sentido común, han enseñado a las naciones exitosas y es que el crecimiento y los buenos ingresos dependen centralmente del aumento en la productividad. Justo en lo que México ha fracasado estrepitosamente.
El sábado pasado, por ejemplo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) presentó un nuevo estudio que llega a conclusiones demoledoras y debiera alarmar a quienes hoy están obsesionados con repartirse, en 2012, un botín que, para entonces, será precario. Veamos.
Si la productividad se entiende como la relación del valor agregado de los bienes y servicios que se generan entre los insumos utilizados, entonces su aumento está fuertemente ligado al tipo de productos que se hacen, la capacidad de innovación, la base tecnológica o el desarrollo de talento que sostiene a la estructura industrial de un país.
Un incremento eficiente en el uso de esos recursos apoya —más que la inversión, según el documento del BID— el crecimiento sostenido y el círculo virtuoso que éste detona. Y para mala fortuna de quienes argumentan que todo es cosa de retórica mediática, la situación de México y, en general, de América Latina es desastrosa al respecto.
Para empezar, América Latina y el Caribe aumentaron su productividad, desde 1960, en menos de uno por ciento, mientras que Estados Unidos —nuestro principal socio comercial— o China —nuestro principal competidor en este mercado— lo hicieron a tasas anuales de entre 1.3 y 2.3%. Esto permitió que la productividad china mejorara en 219% frente a Estados Unidos, la de Hungría en 136% o la de Chile en 19%. En cambio, México cayó en 31%.
El estudio del BID llegó a otras conclusiones muy sugerentes. Una es que si la productividad está estrechamente relacionada con el ingreso per cápita, un país latinoamericano típico podría haberlo mejorado en 54% desde 1960, si su productividad hubiera crecido como la del resto del mundo. Es decir, México estaría, en términos nominales, no en los 8 mil dólares actuales, sino en poco más de 12 mil.
Otra es que, contra los pronósticos de los opositores a la apertura comercial y las reformas del artículo 27 constitucional de los años noventa, el sector agrícola ha resultado más productivo que la industria o los servicios. Y una más es que, contra la tesis del “changarrismo” de Vicente Fox, el exceso de microempresas y la escasez de medianas y grandes alientan la baja productividad y la informalidad, y no crea incentivos para la innovación, la capacitación laboral o la eficiencia.
Nuestros próceres políticos debieran entender que promover varias pequeñas reformas en la logística, el crédito, los impuestos, la política social o el desarrollo de talento sería mucho más benéfico para el crecimiento que consumirse en las frivolidades políticas e ideológicas en que, todos los días, desperdician su tiempo.
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