Dicen que el poder ofusca a los inteligentes pero a los tontos los enloquece.
Hace varios años, el psicólogo Piero Rocchini, en La neurosis del poder, contaba sus experiencias durante la década que pasó atendiendo clínicamente a numerosos legisladores italianos. Uno de los hallazgos más reveladores que encontró es que algunos de ellos, incorporados tardía o equivocadamente a la política, pretendían que ésta resolviera su déficit de personalidad, sus complejos, su falta de formación intelectual, las fibras del resentimiento o su nula experiencia en asuntos públicos. Según el estudio, esos parlamentarios usaban además los cargos para crearse una imagen, tan falsa como maniquea, de que ellos eran los buenos y el resto del mundo los malos.
Algo así le ocurre al ex dirigente nacional del PAN Manuel Espino, que ahora, con el pretexto del purismo político, ha cargado contra el presidente Calderón a propósito, entre otras cosas, del impulso que éste habría dado a la formación de alianzas con que su partido competirá en algunas elecciones estatales. Que Espino acuse a Calderón de pragmático tiene poco que ver con un asunto de principios. Es una cuestión de poder. Veamos.
El PAN y los panistas ilustrados –que los hubo alguna vez– fueron liberales en su origen y promotores de la subsidiariedad social y creían que en política debía haber cierto sentido estético y de lealtad. Pero en muchos de los gobiernos que han ganado han practicado exactamente lo contrario. Hacen tratos indecibles con las élites económicas para obtener recursos financieros; trafican con influencias para realizar negocios; ejecutan todas las desmesuras –despensas, compra de votos, reparto de materiales de construcción, uso de padrones públicos con fines electorales, asignación feudal de los cargos públicos, en especial las delegaciones federales, etc.– que antes reprobaban; abusos del centro para presionar a autoridades locales; renuncia a la autoridad con propósitos políticos o apropiación privada de bienes públicos, entre otras muchas muestras de desfachatez.
Muchas de estas conductas –en el sexenio de Fox, en el anterior gobierno de Morelos o en el actual de Aguascalientes, por citar algunos casos– han ocurrido mientras el PAN ha sido gobierno y, que se sepa, sus dirigencias nacionales nunca han dicho ni pío. Venir ahora a intentar enarbolar la bandera de los principios es algo que, sencillamente, la realidad no avala. Enorme contribución le harían estos políticos a la salud pública del país si, en lugar de proferir necedades, aprovecharan el tiempo para estudiar, analizar, reflexionar, leer, pensar, escuchar, aprender y, entonces sí, hablar. Ellos ejemplifican a la perfección porqué los actores públicos tienen tan baja credibilidad, y son la evidencia clara de que la buena política no es para necios ni improvisados.
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