Las reacciones humanas provocadas por los desastres naturales suelen observar patrones más o menos parecidos.
Al impacto psicológico y emocional inicial le sigue ir cobrando conciencia de la devastación en la forma de pérdida de vidas y de patrimonios materiales, de una sensación de soledad y abandono, de sentimientos de ira, irritación o venganza y de búsqueda de explicaciones de lo que pasó y por qué pasó, hasta que, una vez internalizado el drama, empieza el prolongado proceso de normalización de la vida cotidiana.
Ese cuadro, sin embargo, tiene agravantes o matices dependiendo, en primer lugar, de la calidad y la credibilidad del liderazgo político y de la oportunidad con que actúe; en segundo lugar, del equipamiento institucional, material y económico con que cuenta y, finalmente, del grado de solidaridad que reciban los afectados expresado lo mismo en símbolos y gestos que en ayudas concretas y tangibles.
En el caso de Chile la tragedia del fin de semana ha puesto a prueba cada uno de esos tres elementos y, a pesar de opiniones que siempre aparecen buscando los negativos hasta en el lado por el que sale el sol, el balance de la coyuntura es sin duda reconfortante.
Chile ha sido por dos décadas el mejor ejemplo de que las buenas políticas públicas y privadas son factibles incluso en América Latina.
Hoy por hoy es el único país que a mediano plazo formará parte del grupo de naciones desarrolladas. Tiene una democracia, si bien algunas asignaturas pendientes, ya consolidada. En sólo diez años duplicó el tamaño de su economía y redujo de manera importante los niveles de pobreza. Registra una cultura de la legalidad bastante asentada y cuenta con la policía nacional más eficaz de la región. Y sus ex presidentes, desde Patricio Aylwin hasta Ricardo Lagos, siguen siendo referentes internacionales de buen gobierno aun cuando dejaron el poder tiempo atrás o fracasaron en posteriores aventuras electorales.
No es de extrañar, entonces, que la presidenta Michelle Bachelet haya logrado estos días una conducción de la crisis no sólo eficaz sino con un muy apreciable grado de emotividad que hizo sentir a los chilenos tanto la capacidad de mando como el acompañamiento moral indispensable en situaciones como ésta. Chile, en suma, es un país que funciona y funciona bien.
La recuperación que sigue será tarea de todos los chilenos y deberá empezar por la convicción de que, de haber ocurrido algo semejante en otro lugar de la región, las consecuencias habrían sido seguramente mucho peores. Éste es un mensaje muy potente hacia el interior del imaginario colectivo que facilitará dimensionar correctamente el tamaño de la tragedia y sentar las bases para la recuperación.
Como dice bien el psiquiatra Luis Rojas Marcos: “el rumbo de nuestra vida a menudo se altera por infortunios inesperados que quiebran nuestro equilibrio vital y nos convierten en víctimas. En estas circunstancias, la mejor ayuda que podemos recibir es la que incluye comprensión, apoyo, respeto y estímulo”.
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