Un analista cercano a la Sedena afirmó hace días que las fuerzas armadas son el “sostén” de los gobiernos. Es decir, no la Constitución ni el origen democrático ni la legalidad, sino esa especie de oráculo en que a veces se quiere convertir al ejército en este país. En esa visión subyace una terrible confusión.
Desde hace algunas décadas, los medios y ciertos sectores suelen prestar una atención excesiva a los dichos de los militares que distorsiona la claridad respecto de su papel en un sistema democrático. Sin embargo, como a éstos se da una consideración especial, los miembros de la rama castrense no tienen empacho alguno en dejarse querer. De manera rutinaria, cultivan las relaciones públicas, invitan a comer, a montar o a diversiones cinegéticas a personas cuyo contacto les interesa; hacen favores en la aplicación de la Ley de Armas de Fuego; procuran el trato con periodistas, hombres de dinero, políticos e intelectuales, y se esmeran en dar la impresión de que forman un poder público aparte que graciosamente se somete al orden civil y a la autoridad del comandante supremo que es el Presidente de la República.
Bajo ese manto, cuando quieren enviar un mensaje, aprovechan ocasiones como el Día del Ejército para hablar de asuntos políticos a sabiendas de que tendrán buena cobertura y que nadie habrá de reconvenirlos por ello. No es la posición correcta.Destaca, en primer término, una valoración institucional. Por convicción, temor, costumbre o desinformación, los militares mexicanos han gozado generalmente de aprecio en zonas importantes de la opinión pública, gracias, entre otras cosas, a que desde los años cuarenta dejaron la política partidista y se aislaron de la tradición golpista de otros ejércitos en América Latina, a sus contribuciones en tareas de beneficio social como las campañas de alfabetización y reforestación, a la ayuda en situaciones de desastre y, más recientemente, a su participación en el combate al narco.
Pero esa percepción no oculta que la institución militar también formó parte de los arreglos políticos, vicios y virtudes con que funcionaba el antiguo régimen, y que en buena medida ello provocó que se involucrara, por ejemplo, en la guerra sucia o que algunos de sus altos mandos se hayan visto, en distintas ocasiones, relacionados en delitos penales graves. Pero en segundo lugar hay que reiterar que la Sedena y todos sus miembros integran una dependencia del Poder Ejecutivo federal. Están sujetos, por ello, a las normas constitucionales y legales; sus principales mandos son designados por el Presidente de la República, a cuyo gobierno deben lealtad, obediencia, sujeción y disciplina. No son, pues, un poder independiente, sino subordinado a los poderes públicos constituidos. Cuando se dice, entonces, que el gobierno subsiste gracias a su apoyo se plantean las cosas de manera totalmente equivocada, puesto que ésa –la obediencia– es su obligación. Es necesario volver a lo básico: los militares están para sujetarse con estricta disciplina y sin opiniones políticas a la autoridad civil. Nada más, nada menos.
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