El nuevo escándalo en torno a la conducta del (nunca mejor dicho) padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo (LC), ha llevado a un nivel mucho más complicado el contexto en el cual la comisión internacional formada por cinco prelados para investigar este caso presentará su informe al papa Benedicto XVI y éste deberá tomar una decisión sobre el futuro de esa congregación.
Hasta hace poco se habría pensado que los deslices de Maciel se limitaron a una doble o triple vida compuesta por elementos —pederastia, adicciones, paternidad— que, teóricamente, se ejecutaron en el ámbito de la discreta intimidad. Pero los datos más recientes —la logística de sus viajes, la presunta integración de un fideicomiso para el sostenimiento de sus parejas e hijos, la organización de su agenda cotidiana o el supuesto abasto de morfina— hacen por completo impensable que actuara en solitario, máxime cuando, como es bien sabido, se movía en sus presentaciones pública como una estrella de rock. El problema es múltiple.
La primera interrogante debe despejar en verdad si, y hasta dónde, sabían los altos directivos de la LC los pasos de Maciel y, más delicado aún, si los encubrieron o cohonestaron por lealtad o connivencia con el fundador. De ser así, va a ser muy difícil evitar, en una agrupación tan vertical y disciplinada, la sensación, en cascada, de que no solo a ese nivel estarían involucrados sino que dichas conductas contaminaron a una porción todavía más extendida de la jerarquía legionaria.
La segunda, por consecuencia, tiene que ver con la difusa frontera entre los actos del fundador y la congregación misma. Si se supone que el “carisma” de Maciel irrigó al conjunto de la institución, no está claro donde estuvieron los límites axiológicos y morales de una filosofía colectiva de vida o religiosa y una práctica individual tan opuesta y contradictoria con los valores que predican. Si el prestigio de una escuela o universidad reside, en buena parte, en la confianza y la credibilidad, los actos de Maciel las han dañado sin duda, y justificar las cosas con el relativismo, por cierto tan demonizado por el papa, del quid pro quo —o la obra frente a la conducta— no es admisible desde un punto de vista moral.
Y, finalmente, menuda dificultad tendrá el papa de Roma a la hora de decidir qué hacer. Como lo han apuntado algunos expertos, puede dejar las cosas como están y poner el polvo bajo la alfombra, que sería la peor opción; disolver la Legión y asumir un control centralizado y total, que sería la más radical; o remover a los actuales cuerpos directivos, cambiar sus reglas operativas, reorganizar las distintas piezas de la congregación y nombrar un interventor por varios años, que probablemente será la salida a la crisis, al menos por ahora.
Cualquiera que sea, será el final de un episodio vergonzoso y lamentable.
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