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Opinión

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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
- Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
- Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
- Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
- Embajador de México en Chile

 
 
 
 
 
     
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HETERODOXIAS
La insólita solicitud de Ingrid Betancourt
  Otto Granados
  og1956@gmail.com
Aguascalientes, MÉXICO, a 16 de julio del 2010

El 2 de julio de 2008 fui de los millones de televidentes que siguió minuto a minuto el rescate de Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial colombiana, secuestrada seis años antes por las FARC, en una espectacular operación militar que lanzó a la estratosfera la popularidad del presidente Álvaro Uribe y de su entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, hoy mandatario electo de ese país.

Por largo tiempo estuve al tanto de su cautiverio y de los escasos mensajes que podía comunicar al mundo desde la selva. Aún conservo una fotografía del gigantesco afiche que de ella, en su condición de ciudadana francesa por haber estado casada con un diplomático de esa nacionalidad, permanentemente pendía de la fachada del Hôtel de Ville, la sede de la alcaldía de París, exigiendo su libertad. La suya era, ciertamente, una causa célebre.

Tras el rescate, Betancourt se convirtió en una estrella. La historia de su reclusión forzada y su resistencia, la cinematográfica operación que la regresó y la tristeza de su mirada profundamente bella la llevaron a viajar por el mundo, a ser recibida por los principales líderes e incluso a ser postulada al Nobel.

La semana pasada, Betancourt ha pedido al Estado colombiano —no a las FARC— que la indemnice con casi 7 millones de dólares por los daños emocionales que sufrió durante su retención, por las consecuencias que ésta produjo sobre la muerte de su padre y por los salarios que dejó de percibir en esos seis años, argumentando que las fuerzas armadas no le advirtieron suficientemente del peligro que corría al entrar a la zona donde fue secuestrada. La solicitud, desde luego, era insólita y, tras recibir una generalizada condena por parte de todos los sectores, Betancourt decidió retirarla.

Legalmente no ocurrirá ya nada, pero el intento ha sido psicológica y éticamente fascinante.

¿Qué mueve a una persona de esas características a formular un caso así? ¿Fue simplemente codicia o hay un poderoso componente de protagonismo mediático, de desubicación acerca del lugar que Betancourt piensa que merecería en la vida pública de su país y no tiene, o de necesidad de que el reconocimiento que recibió en el mundo entero se prolongase de manera permanente? ¿Es una forma de adquirir una cierta clase de poder, digamos moral, frente al Estado? ¿O es, sencillamente, la exigencia de una reparación por la vida perdida?

Una respuesta a esas preguntas, que no la tengo desde luego, ayudaría mucho a explicar y a entender los resortes más íntimos y profundos que mueven el comportamiento y las decisiones de los políticos.

 

       
Reproducido con la autorización de La Razón
 
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