Una evaluación discreta de las campañas electorales que, por fortuna, han llegado a su fin podría indicarnos, desde luego, que han sido política, intelectual y éticamente vergonzosas por todos lados.
Otra, algo más optimista, diría, con Adam Przeworski, que la vida cotidiana de las nuevas democracias “no es un espectáculo a reverenciar: un interminable altercado entre ambiciones minúsculas, retórica destinada a encubrir y confundir, oscuras conexiones entre poder y dinero, leyes sin el menor contenido de justicia, medidas que refuerzan los privilegios”. En fin, lo usual en el México de estos días.
Pero cualquiera que sea la perspectiva que se adopte y más allá de los resultados, habrá que examinar con detenimiento el irritante deterioro que han sufrido los modos de competir electoralmente y de manipular al electorado. Vayamos por partes.
Se supone que los sistemas civilizados van transitando de una política de ideas a otra donde el pegamento colectivo son las identidades o las causas. Pero en la política mexicana arrumbamos la primera sin llegar a la segunda y en que lo único que importa es ganar a toda costa destruyendo al adversario y sin comprometerse en los asuntos centrales para el país.
Es cierto que hay poca discusión de fondo acerca de que el liberalismo o el mercado o la globalización son ya cuestiones de sentido común.
Pero hay otras como las políticas para recuperar la competitividad, estimular el crecimiento verde, caminar hacia la economía del conocimiento, ofrecer educación de excelencia, gestionar gobiernos innovadores, reducir la inequidad o proteger los derechos humanos de tercera generación que, sencillamente, brillaron por su ausencia porque, al parecer, se trata de temas que los partidos y candidatos no entienden ni les importan.
No son las vulgaridades discursivas ni los excesos demagógicos propios de las campañas lo que asusta.
Lo alarmante es advertir en manos de quiénes va a quedar este país donde la mayoría de su clase política, de todos los colores, tiene tal desprecio por la sustancia de las cosas, donde lo único que cuenta es la superficialidad mediática, donde se carece de una visión medianamente clara —ya no digamos exquisita— del mundo y de la historia, donde las alianzas políticas —tan naturales y deseables— se construyen sobre el encubrimiento y la connivencia, donde los actores públicos son efectivos para la grilla callejera pero pésimos para la política profesional, y donde todos declaran sobre cualquier cosa pero muy pocos aportan soluciones concretas a problemas concretos.
Como en el Titanic, pareciera que nuestros políticos siguen tocando sin despeinarse mientras el barco se hunde.
La economía real es frágil, la violencia imparable, la presidencia débil, el Estado acosado, la inequidad grande, la educación mediocre y la ciudadanía decepcionada. ¿No es este panorama suficientemente delicado como para que quienes hoy gobiernan y mañana compitan actúen con seriedad y le digan al país qué piensan hacer? |