Si México estuviera pasando por una etapa de estabilidad y crecimiento sostenidos, de las que rara vez ha tenido, el PRI podría con tranquilidad seguir jugando a ser una belicosa oposición verbal, afianzar su poder territorial, administrar sus ganancias electorales y esperar plácidamente a una ratificación en 2012. Sería cosa de tiempo.
Pero las condiciones reales del país son bastante más complicadas que ese paisaje bucólico y exigen, por ende, decisiones audaces e inéditas, tanto del gobierno como de las oposiciones, que permitan asegurar, al menos relativamente, que estos dos años las zonas más críticas para la gobernabilidad no sufran un deterioro mayor y que quienes ganen la presidencia no se encuentren con una casa en ruinas.
Pongamos las cosas de la siguiente manera. El presidente Calderón ha señalado una y otra vez que su estrategia de combate a la inseguridad y la delincuencia organizada es la correcta, que hay avances y que piensa persistir en ella. El PRI y sus legisladores y gobernadores, entre otros, insisten por su parte, machaconamente, en que es un fracaso y que urge cambiarla, aunque no esté clara cuál es, si alguna, la alternativa que proponen.
Pues bien, independientemente de quién tenga razón, ¿por qué no introducen a la discusión una modalidad usual en situaciones de crisis —y al menos en esta materia hay una crisis— que consiste en reorganizar el gabinete de seguridad nacional mediante la incorporación de miembros destacados de las oposiciones al frente de algunas de sus dependencias clave?
¿Ejemplos? Obama ha tenido a tres republicanos en su gabinete; Sebastián Piñera, de Chile, nombró en Defensa a un conocido demócrata cristiano; David Cameron, el primer ministro británico, incluyó a su contendiente Nick Clegg para formar gobierno, y Angela Merkel tiene a ocho ministros que son de partidos distintos al suyo.
La razón es simple y práctica. La Presidencia ha entrado a su último tramo en condiciones de seria debilidad política: no tiene mayoría en el Congreso ni en los gobiernos estatales, el PAN está profundamente dividido y las distintas oposiciones disfrutan todo el tiempo acosando al gobierno.
El saldo de ese panorama es que, con realismo, Calderón debe admitir que ya no tendrá, en lo que resta de su mandato, la energía o los instrumentos indispensables para acometer la lucha contra la inseguridad con el liderazgo y la fuerza que se necesita.
Si la esencia de la política es el pacto y la negociación, he aquí un terreno ideal. ¿Cómo procesarlo? Lo veremos mañana. |