Hay un fenómeno singular en las reacciones tan encontradas entre políticos y comentaristas a propósito de los resultados electorales. Unos saludan la eficacia táctica de la conformación de alianzas, otros lamentan el abismal vacío programático en las campañas y otros más encuentran una especie de disolvencia en los modos corruptos y cavernarios de los gobernadores. Lo curioso es que todos tienen algo de razón.
Lo primero que hay que decir es que, a pesar de su falta de decoro porque al final del día lo único que les importa a los partidos es el poder a toda costa, las alianzas funcionaron, pero para ambos lados del arco partidista. Si bien lo más notable han sido las victorias del PAN y PRD en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, por lo demás muy saludables desde el punto de vista estético, también es cierto que al PRI le sirvieron para ganar en varios estados.
En Aguascalientes, por ejemplo, el candidato priista obtuvo doce mil votos menos que el del PAN, pero los sufragios emitidos a favor de Nueva Alianza y el Verde se los repusieron y le añadieron otros ocho mil para llegar a los veinte mil con que derrotó a su contendiente, y lo mismo ocurrió en otros estados. Que esto tiene serios costos éticos y que producirá daños profundos a la hora de gobernar con eficacia por la entrega, por ejemplo, de las dependencias educativas estatales (y algo más) a la señora Gordillo, como bien lo destaca ayer La Razón, es algo que tiene sin cuidado a las dirigencias partidistas y a los candidatos. No es la educación ni los ciudadanos lo que interesa, es el poder y el dinero.
Las campañas, en segundo lugar, fueron un torneo de todo, menos de ideas visionarias, de enfoques modernos, de agendas relevantes para el crecimiento o el bienestar de la sociedad. Fueron una retahíla de ocurrencias, de frases huecas o de dislates, pero lo peor del caso no es que hayan sido formuladas, al calor de la demagogia habitual, sino que los electores las compraron. Otro ejemplo: nadie aportó una visión integral de cómo mejorar sustancialmente la calidad de la educación ni cómo subir en las evaluaciones ni cómo introducir la rendición real de cuentas: todo se redujo a ofrecer útiles y uniformes gratuitos. Hasta allí llega la sofisticación conceptual de algunos de los futuros gobernadores.
Y, finalmente, más allá de discusiones teóricas, el poder real ahora lo están ejerciendo los gobernadores, prácticamente sin contrapesos legales, políticos, mediáticos ni, mucho menos, morales, de donde deriva que, en los varios casos donde los ejecutivos salientes tuvieron éxito en imponer al sucesor, los lazos entre ambos serán, evidentemente, los de la complicidad y el encubrimiento.
Lamentablemente, como suelen decir los españoles, esto es lo que hay. Y me pregunto si, como solía decir José Luis Lamadrid, este país no tiene remedio. A juzgar por lo que vemos, supongo que no |