En los últimos cinco años el Fondo para la Paz y la revista Foreign Policy han elaborado un Índice de Estados Fallidos en el que a partir de 90 mil fuentes de información pública disponibles, agrupadas en 12 variables, analizan qué tan estables o inestables son los 177 países incluidos en el reporte.
La primera novedad es que no hay demasiadas novedades.
La mayor parte de las naciones ubicadas en las 60 peores posiciones está, como de costumbre, en África y Medio Oriente, otras en Asia Pacífico; una en Europa, y algunas más en la antigua URSS o en América Latina y el Caribe, como son los casos de Haití, Bolivia o Colombia, si bien esta última parece ir mejorando sus niveles de estabilidad.
En el lado opuesto, los lugares con la más alta estabilidad son también los de siempre: la mayor parte de los países europeos, algunos asiáticos como Corea del Sur, Japón o Singapur, unos cuantos más del mundo árabe y cinco latinoamericanos, entre los cuales no está, evidentemente, México.
Nuestro país aparece en el sitio número 98, rodeado de Vietnam, Namibia, Benin, Gabón, Macedonia, Senegal o Guyana, entre otras gratas compañías, y superado por Chile, Argentina, Uruguay o Costa Rica, que pintan entre los 50 con mejores signos de estabilidad en el mundo.
Desde luego, no es la primera vez que el término “Estado fallido” ha sido utilizado para categorizar a un Estado y en el pasado reciente hubo incluso una cierta controversia que, en realidad, pretendía encubrir con un velo semántico el hecho puro y duro de que, al menos a mediano plazo, no se ve por dónde México va a neutralizar —no digamos resolver— sus graves problemas de violencia, criminalidad organizada, captura territorial e institucional, operación creciente de mercados negros y una profunda desconfianza social en el liderazgo político.
El segundo problema es que, mientras el panorama se deteriora, los tomadores de decisión a niveles legislativo y estatal parecen enteramente concentrados en la disputa electoral y en el reparto de poder porque suponen que los síntomas de inestabilidad actual pueden “aguantar” un par de años más y que, tras 2012, como por arte de magia, las cosas se enderezarán.
Todo indica que ése es un cálculo equivocado porque el fenómeno delictivo ya no es sólo la expresión estadística de muertos, enfrentamientos, arrestos o decomisos, sino que tiende de manera consistente a convertirse en una cultura que invade transversalmente otros ámbitos sociales, urbanos, mediáticos y políticos hasta que forma parte del paisaje, aceptado y tolerado, con el que se convive cotidianamente.
Decir, por ello, que estamos relativamente cerca de ser un “Estado fallido” no es para escandalizar a nadie. |