Madrid.- De los presidentes del gobierno en la España democrática, quizá el más zafio y provinciano ha resultado José Luis Rodríguez Zapatero, a quien la galería popular ahora identifica como “zetaparo” en un juego de palabras que alude a la inicial de su apellido y al imparable desempleo que hoy asuela a este país.
Presidente por accidente, tras la matanza del 11 de marzo y el desastroso manejo que de ésta hizo el gobierno de Aznar, Zapatero llegó al poder prácticamente sin programa y tuvo que inventar al paso dos o tres medidas que le dieran contenido a una administración descafeinada, sin mucha idea de las asignaturas pendientes una vez que España había completado con bastante éxito no sólo su transición política, sino también su integración a Europa y la instrumentación de un modelo económico liberal y abierto.
La reapertura del complejo debate sobre la estructura territorial del Estado español —aún inconcluso en el Poder Judicial—, o los avances en la equidad para los derechos de género y de las minorías sexuales han sido de hecho los únicos logros del gobierno socialista, pero, con lo importantes que son, están todavía muy lejos de constituir los aspectos cruciales de una agenda pública eficaz para el siglo XXI.
España afronta al menos tres problemas centrales.
Uno es que, con la ampliación de Europa, da la sensación de que con los nuevos jugadores y la consolidación de los antiguos (Alemania, Francia o Gran Bretaña) el peso del país se ha diluido y ni Zapatero ni, mucho menos, su gabinete, por lo demás muy mediocre, han podido construir un liderazgo político que cuente en la toma de decisiones continental de manera análoga a lo que ocurría, por ejemplo, durante el gobierno de Felipe González e incluso, con motivaciones si se quiere equívocas, el de Aznar.
El segundo es que el gobierno parece no tener una política exterior creativa ni para Europa ni para el resto del mundo. La escasa visión global de Zapatero, las derrotas para convertir a Madrid en sede de eventos deportivos internacionales, con todo el simbolismo que ello hubiera tenido, o el papel de convidado de piedra, de la mano de Sarkozy, en reuniones multilaterales como las del G-20, no son sino evidencia del debilitamiento en una arena en que otrora España se movía en seguridad y hasta cierto desenfado.
Véase el caso de América Latina. Si alguien hace política ahora en esta región es Felipe González o las empresas españolas que son probablemente las principales inversoras europeas y que han creado una especie de “paradiplomacia” para lidiar con burocracias y regulaciones, conseguir concesiones y ganar licitaciones, o manejar los dolores de cabeza que les producen los políticos populistas en Argentina, Bolivia o Ecuador. Todos se mueven con una dirección definida, menos el gobierno español.
Nadie sabe si el malestar español le permitirá a Zapatero completar la legislatura y llegar a las elecciones generales previstas en 2012. Pero es improbable que él o su partido repitan en La Moncloa..
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