En el México de nuestros días todo el mundo quiere más dinero. Hacienda, gobernadores y alcaldes, legisladores, partidos e instituciones del estado dicen necesitarlo porque sus respectivos sectores son “prioritarios”. Por tanto, si se les niega o recorta es que las autoridades son insensibles, tecnócratas o neoliberales y llevan al país al despeñadero.
Una cara de esa demanda se explica con facilidad: las finanzas públicas atraviesan por una seria crisis y sencillamente no hay dinero que alcance ya no se diga para mejorar las asignaciones y transferencias, sino tan siquiera para mantener los niveles actuales. Pero la otra, mucho menos evidente, es si tales exigencias son justas. Quizá no.
Por ejemplo, los rectores de algunas universidades públicas, cuyo sector fue uno de los damnificados por la tijera presupuestal, han hecho causa común para que el congreso federal les restituya en 2010 lo que el boquete financiero les quitó. Nada se ha dicho, sin embargo, acerca de si esta solicitud va acompañada de una oferta de rendición de cuentas que ponga en la balanza la rentabilidad real que México obtiene por cada peso invertido en ese sector. Y aquí empiezan los dolores de cabeza.
Con su habitual espíritu provocativo --y a propósito de las peticiones de recursos que hizo el rector de la UNAM-- Ricardo Medina aporta datos duros que obligan a examinar críticamente si declaraciones así tienen sentido.
Dice Medina que la UNAM gasta anualmente el equivalente, en dólares, al 50 por ciento de lo que gasta un país entero como El Salvador o el 68% del presupuesto de Oaxaca. O sea, según Medina, la UNAM es una especie de país dentro de otro, cuyo gobierno federal le subsidia el 85% de su presupuesto. Con el 60% de éste, la universidad paga sus actividades docentes, entre las que destaca la educación que ofrece a sus poco más de 305 mil alumnos, lo que significa que cada uno de estos cuesta al año, en promedio, casi 80 mil pesos. Y termina sugiriendo que si hay que “cambiar de modelo económico”, como ha propuesto el rector Narro, podría empezar por actualizar la colegiatura (hoy prácticamente nula) que cubren sus estudiantes, y, por ende, mejorar los ingresos de la UNAM. Suena a herejía, pero Medina tiene razón.
La otra gran interrogante es averiguar por qué si la oferta de educación superior ha aumentado velozmente y la universidad mexicana más grande está entre las “mejores” del mundo, tal calidad no ha tenido un impacto significativo en los niveles de crecimiento del producto y del ingreso de las personas, el avance tecnológico, la innovación y, en general, la competitividad del país. Quizá porque, como ha sugerido Salvador Malo, tal como opera, el paradigma vigente en la educación superior ya no funciona ni sirve para proporcionar una educación relevante, flexible, excelente y realmente vinculada a las áreas más dinámicas de la economía y el conocimiento.
En suma ¿por qué no aprovechamos la crisis y empezamos a discutir estos temas antes de, simplemente, exigir más dinero?
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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