¿Existe tal cosa como el derecho a que una persona decida cuándo morir? En principio me inclino a pensar que sí y, aunque este sea un tema de intensa controversia entre ética, ciencia y religión, quizá pronto veremos una determinada aceptación cultural y legal de las modalidades mediante las cuáles una persona pueda poner fin a su vida en condiciones médica y psicológicamente dignas.
En 2007, el filósofo André Gorz y su esposa, Dorine, quienes habían estado unidos por medio siglo, se suicidaron solitariamente en su casa en un pueblecillo francés. Dos años más tarde, bajo asistencia clínica, el director de orquesta Edward Downes y su mujer, Joan, hicieron lo mismo "en circunstancias que ellos eligieron", según declararon sus hijos; tenían 54 años de vida en común. El jueves pasado, Debbie Purdy, una mujer que padece esclerosis múltiple, logró que la máxima instancia judicial de Gran Bretaña apoyara su petición de que la ley que regula el suicidio asistido aclare si su marido podría ser condenado en caso de que colabore con el suyo.
Casos como éstos deben ser abordados al menos desde el punto de vista legal y ético. Por un lado, quizá tengan en común, además de una enfermedad terminal, el profundo miedo a la soledad, a la masacre -diría Phillip Roth- de la vejez y el deterioro físico y mental, al abandono o al sufrimiento que, para algunos, puede significar la experiencia misma de la vida. Pero hay algo más potente y es la convicción de que, en determinadas circunstancias, elegir sobre uno mismo, en plenas facultades, es un derecho que debe ser protegido por la ley.
Hasta ahora, Suiza es el único país cuya legislación permite el suicidio asistido y a su amparo han optado por ello más de 450 personas. Varios países han avanzado en la despenalización de la eutanasia y México ha empezado recientemente a introducir alternativas tímidas pero prometedoras como la legislación de voluntad anticipada. Pero el terreno más polémico estará, sin duda, en el lado ético de la cuestión.
Para algunos, si la vida es un don divino nadie puede disponer de ella a su antojo. El problema es que hay una verdadera revolución científica que no sólo está modificando aceleradamente los paradigmas convencionales sino también planteando dilemas inéditos como si los padres tienen derecho a interferir genéticamente en embriones o recién nacidos para crear “bebés de diseño” o bien porque su código muestra probables comportamientos violentos, o si deben las personas alterar su herencia genética para no reproducir enfermedades o discapacidades en su descendencia.
Cualquiera que sea la posición que se adopte, lo cierto es que, como dice Peter Singer, en unas cuantas décadas habrá una ética distinta que reconocerá que es el hecho de ser persona –es decir, un ser con cierto nivel de conciencia- y no la pertenencia a la especie, lo que definirá “el derecho de los individuos autónomos y competentes a decidir cuándo vivir y cuándo morir”.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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