En las épocas en que empezaban a dejar de ser oposición, los panistas solían recordar, por temor o incertidumbre, la admonición de don Manuel Gómez Morín, su fundador, de que la lucha de su partido sería una “brega de eternidad”. Así fue durante años hasta que al romanticismo de los ideales se le atravesó un electorado que decidió empujarlos a la edad adulta y colocarlos en el gobierno. Ahora, no saben qué hacer ni con el partido ni con el poder.
Desde su nacimiento, el PAN se asumió en realidad como una fuerza cuya contribución a la vida política de México debía ser esencialmente doctrinaria y pedagógica y como un referente moral frente a un régimen que, pensaban, nunca llegaría a la normalidad democrática. El partido se convirtió así no en un medio para competir por el voto sino en una especie de actividad cívica, de familia política o de agencia de socialización donde sus miembros aceptaban que esa “brega” era su papel en el escenario público.
Con los años, la generación ilustrada de líderes panistas fue en buena medida reemplazada por cuadros más silvestres, sin complicaciones doctrinarias ni preocupaciones intelectuales ni linaje partidista, pero que, como mostraron las elecciones de los años ochenta en el norte y el Bajío del país, empezaron a ganar alcaldías y gubernaturas, y, más tarde, la presidencia. Desde luego, con el poder llegaron también al apacible solar panista las disputas salvajes, es decir, el ingrediente normal de la política real, el mismo en que los panistas prácticamente no tenían experiencia.
Fue el propio Calderón, sin imaginar donde lo pondría el voto tiempo después, quien construyó la tela de araña en que ahora está atrapado cuando dijo que había que “ganar el poder sin perder el partido”, introduciendo una grave confusión estratégica que consiste en que los panistas se niegan a admitir, con realismo, que cuando un partido está en el gobierno se convierte, quiéralo o no, en una variable de ese gobierno y no, como quieren los adversarios del presidente pretextando una extraña pureza principista, en su principal verdugo. Dicho con claridad, lo que todo presidente necesita es tener un razonable control de su partido y de su grupo parlamentario, y no despertar cada mañana con la zozobra de estar durmiendo con el enemigo.
Así son las cosas, y con esa naturalidad es que funcionan las relaciones entre formaciones como, por ejemplo, el PSOE y el PP en España o la Concertación en Chile y sus respectivos gobiernos. E, inversamente, cuando son sus partidos los que se esmeran en socavarlos terminan primero por debilitar su margen de gobernabilidad; luego por crear la placenta de la derrota electoral, y, finalmente, por abrir la puerta para que la ciudadanía los eche. Precedentes sobran.
Quizá ya sean bastantes los problemas del país como para añadirle el de un presidente acosado en su propia casa.
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