En países donde existe una clase política civilizada, lo normal después de una elección intermedia suele ser la integración de una agenda que traza la orientación de las políticas públicas en función de las principales demandas ciudadanas y de eso que Isaiah Berlin llamaba el sentido de la realidad. No es el caso en México, un lugar en el que las cosas funcionan siempre de otra manera.
Por ejemplo, de cada diez mexicanos ocho piensan que la economía va mucho peor que el año pasado, siete pronostican que el próximo será peor, cinco declaran que el país camina por el rumbo equivocado y casi cuatro admiten que alguien de su familia ya ha perdido el empleo. Pero además del costo económico que suponen, estos datos revelan otro problema, menos visible pero igualmente corrosivo, de carácter psicológico, que consiste en documentar un pesimismo tal que puede volverse pronto una especie de depresión colectiva. Y cuando esto ocurre las personas como las sociedades se paralizan, son incapaces incluso de levantase de la cama, y caen en un callejón sin salida que les impide volver a funcionar, ser productivas o sentirse bien. Eso por un lado.
Por otro, la crisis de los últimos diez meses ha hecho más que evidente que no estamos ante una típica infección de déficit público, como en 1981-82, o derrame cambiario, como en 1995, sino ante algo mucho más estructural que está a punto de volverse sistémico y crear un estancamiento del que nadie sabe cuando podríamos salir, aun si el resto de las economías reflota el año que viene. En consecuencia, el menú está servido: un serio pesimismo social y una crisis económica real.
Lo normal, entonces, sería que aprovechando la nueva etapa política, quienes tienen en sus manos la toma de decisiones empezaran por decirle al país que les votó qué diablos piensan hacer con el poder asignado.
En otras palabras, aunque suene cándido, los actores públicos tienen la obligación de concentrarse en la construcción de una agenda que fije objetivos ambiciosos y decisiones audaces para los próximos meses. Es decir, no se trata de proponer extravagancias como una ley de emergencia económica o trivialidades como reducir el gasto; tampoco de mentir o de ocultar las realidades. No, la pregunta ahora es saber si, ante ese hartazgo y esa crisis, hay alguien que sea capaz de mostrar un liderazgo positivo, de alentar un debate de fondo, de formular ideas novedosas para crecer y de promover y tomar las decisiones inteligentes. En suma, sería genial encontrar a los políticos profesionales y no a los accidentes mediáticos.
Como Kennedy en los sesenta, Suárez en la España de los setenta, Mandela en los noventa o Cardoso y Lula en el Brasil de estos años, urgen estadistas que puedan interpretar lúcidamente el sentido de la realidad, manejar inteligentemente las expectativas y construir los incentivos y el andamiaje para que una sociedad como la nuestra, que ahora parece enferma, salga adelante a mediano plazo.
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