Con cierta esquizofrenia, parte de la clase política se empeña en buscarle tres pies al gato para evadir la realidad pura y dura: para que la economía mexicana (y el bienestar y los empleos) se recupere no queda más remedio que impulsar, seriamente, reformas de fondo que serán controvertidas, impopulares y costosas políticamente, pero inevitables, urgentes y a mediano plazo (léase 2012) rentables.
Todos saben, por ejemplo, que la situación de las finanzas públicas es lamentable entre otras razones porque el estado es pésimo recaudador, porque el país prácticamente no crece desde 2001, porque los ingresos petroleros –su principal fuente de recursos- son inestables, porque si las calificadoras degradan a México se elevará el costo de la deuda, porque hay poco espacio para nuevos créditos saludables, y porque a los sindicatos y funcionarios les encanta el derroche presupuestal y los legisladores suelen permitirlo. El saldo inmediato del carnaval es el boquete presupuestal de 300 mil millones de pesos y la probabilidad de que aumente el déficit público.
Ante este panorama, esa clase política ha reaccionado con miedo y no está dispuesta a remover las raíces de esta vulnerabilidad, principalmente la debilidad fiscal del estado y la consecuente falta de inversión pública, y se quema las neuronas pensando cómo darle la vuelta a lo evidente: que el instrumento más eficiente para empezar un proceso de corrección no es solo la austeridad en el gasto corriente del gobierno –muy bienvenida, desde luego- o suprimir el IETU –cosa que puede evaluarse, junto con la eliminación de regímenes especiales y de gravámenes improductivos como el 0.85% a los rendimientos financieros- sino sobre todo reside en la generalización del IVA.
En defensa de su negativa dicen que el momento no es el mejor, pero la experiencia internacional muestra que es al revés: justamente son las épocas de crisis las más propicias para tomar decisiones drásticas y someter a los políticos a una prueba de estrés para ver si son capaces, primero, de mostrar liderazgo efectivo, y, después, de gobernar en tiempos difíciles. En otras palabras, cuando las cosas van de maravilla no hay que hacer demasiado, pero aquí hay algo roto y debe ser reparado.
Si se necesitan algunos ejemplos allí está Chile. En plena etapa democrática, o sea los últimos 20 años, y con gobiernos de centro-izquierda, el IVA ha aumentado en tres ocasiones (del 16% al 19% y parejo) y es el ingreso más importante del gobierno. Más aún: el prestigiado ex presidente Ricardo Lagos ha planteado avanzar: “ningún país de la OCDE, a la cual Chile aspira a ingresar, tiene una presión tributaria de 18%, 20% o 21%; todos tienen sobre eso y hasta 40%. Ahí debemos tener una discusión franca, real. Ahí tenemos una asignatura pendiente” (La Tercera, 11-07-2009). Por algo se explica el éxito de Chile.
¿Que son decisiones difíciles? Sí. Y para eso, reclamaba don Jesús Reyes Heroles en 1983, están los políticos: para tomarlas.
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