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Otto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México
Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.
Cargos ocupados
en el Sector Público
- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
- Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
- Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
- Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
- Embajador de México en Chile |
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Cuando uno lee las declaraciones de los ganadores a gobiernos estatales se queda con la impresión de que se trata de personas hábiles, electoralmente efectivas, vigorosas en muchos casos y tal vez con deseos de hacer bien las cosas. Pero a estas alturas son de tal complejidad los problemas que esas prendas no bastan para gobernar con eficacia porque la tarea exige algo mucho más sofisticado que la hiperactividad mediática.
Harían bien, por ejemplo, en leer un artículo muy agudo que en 1993 publicó Peter Drucker. Las “Seis reglas para los Presidentes”, según el gran gurú de la administración, son las siguientes:
1.- ¿Qué hacer?
Es lo primero que el presidente debe preguntarse. No debe obstinarse en hacer lo que desea, aunque eso fuera el centro de su campaña. El negarse a aceptar esto…es rechazar la realidad y condenarse a ser ineficaz.
2. Concéntrese, no se diversifique.
Generalmente hay media docena de respuestas correctas a la pregunta anterior. Aun así, a menos que un presidente haga la arriesgada y polémica elección de una sola cosa, no conseguirá nada.
La primera prioridad del presidente tiene que ser algo que realmente deba hacerse. Si no es demasiado polémica, entonces es probable que sea la prioridad equivocada. Tiene que ser factible -y bastante rápida- y con un objetivo concreto. No obstante, es necesario que sea lo suficientemente importante para que si tiene éxito haga la diferencia.
3. No apueste jamás sobre una cosa segura.
Siempre falla el tiro. Un presidente efectivo sabe que no hay una política libre de riesgos.
4. Un presidente efectivo no microadministra.
Es la regla número cuatro. Las labores que un presidente debe hacer por sí mismo son muchísimo mayores de lo que una persona, aún la más enérgica y mejor organizada, pueda posiblemente lograr. Cualquier cosa que el presidente no tenga que hacer, por consiguiente, no "debe" hacerla.
Los primeros mandatarios están muy alejados del campo de acción, son muy dependientes de lo que otras personas les cuentan o prefieren no contarles y están demasiado ocupados para estudiar la letra chica, para poder microadministrar con éxito. No hay ninguna forma más rápida de desacreditarse para un presidente que ser su propio jefe de operaciones.
5. Un presidente no tiene amigos en la administración.
Fue la máxima de Lincoln. Un presidente que haga caso omiso de ésta, vive para lamentarlo. Nadie puede confiar en los "amigos del presidente" ¿Para quién trabajan? ¿En favor de quién hablan? ¿A quién realmente informan? En el mejor de los casos, se sospecha que colaboran con sus superiores y con su Gran Amigo; en el peor, se les conoce como espías del presidente. Sobre todo, siempre se ven tentados a abusar de su posición como amigo y el poder que esto implica, y dañan seriamente al Presidente.
6 ¿Y la sexta regla?
Es el consejo que Harry Truman dio al recién electo John F. Kennedy: "Una vez que uno resulta electo, hay que dejar de hacer campaña" |