La muerte despierta dudas y temores en los adultos, y como lo que menos queremos es que los niños nos vean vulnerables, entonces adoptamos actitudes que esconden lo que realmente sentimos.
Con ese intento de querer proteger a los niños, lo que se consigue es impedir que aprendan a enfrentar la muerte con “pequeñas dosis” que pueden manejar, mismas que los prepararán ante las situaciones difíciles que tarde o temprano se les presentarán.
La psicoterapeuta Claudia Bermúdez comenta que la sociedad actual encubre a la muerte a través de la falta de información y la convierte en un tabú.
Agrega que la muerte conlleva un valor formativo para los niños que se descuida con frecuencia. Y “la cultura que no valora la muerte, no valora la vida”.
Dice que los niños asimilan la idea de la muerte de diferente manera que los adultos. “La muerte como realidad del adulto es irreversible, trágica e incomprensible”, en tanto que el niño se defiende a través de la creencia de que es capaz de influir sobre ella. “La supera con rituales llenos de magia y fantasía, tal como lo hacen en juegos de salvamento y resucitación”.
Precisa que las causas y los efectos de la muerte son temas de interés para los niños. De ahí que cuando se habla sobre ella con los pequeños, ellos asumen la realidad y dejan de lado las fantasías que sólo provocan ansiedad e incertidumbre.
Advierte que el miedo natural del niño se ve acentuado por los programas televisivos, las películas y los videojuegos. “Ahí reina la imagen brutal y sangrienta. Lo superficial y lo efímero se vuelve la idea central de la muerte, y la realidad se esconde con imágenes que no reflejan su verdadero significado e impacto en la vida cotidiana”.
“Por eso hay que hacerles notar que eso es ficticio, irreal e imaginario”. Para explicar la muerte de alguien cercano a un niño, recomienda ser sinceros.
También hay que permitir la expresión natural de las emociones, sin estimularlas (“tú deberías de llorar, estar triste, expresar tu enojo...”) y no hay que reprimirlas (“ya no llores, no estés triste, no te preocupes...”).
Para que el niño acabe por aceptar la muerte con serenidad, Claudia Bermúdez sugiere integrar a la persona fallecida de manera natural en la vida de la familia
- Despedirse
Decir adiós al ser querido. Puede ser a través de una oración, una carta, un pensamiento o un recuerdo palpable (algún adorno, un álbum fotográfico…)
Esto permitirá enfrentar la sensación de vacío y pérdida.
Si el niño expresara el deseo de ver el cadáver para despedirse, el proceso debe revestirse de naturalidad. Como es una experiencia intensa, personas cercanas y serenas deben acompañarlo.
Hay que hacerle notar que el fallecido ya no nos puede ver, no puede hablar y no respira porque murió.
No hacerle creer al niño que está dormido, le permitirá reconocer el hecho de la muerte y no generará fantasías que posterguen el dolor. Despedirse permite lograr la primera fase de aceptación de la muerte.
- Permiso para estar de duelo
Los niños nos observan de manera permanente. Como ante la muerte los adultos están tensos, estresados y tristes, los niños pueden sentirse inseguros y amenazados.
Los adultos deben darse permiso de demostrar a los pequeños que se sienten mal. Estar abiertos al dolor y expresar las emociones permitirá que, con el tiempo, el dolor disminuya y sea manejable, de lo contrario, si se le contiene, terminará por salir como explosión, sin control y generará miedo y angustia en el niño.
Sentir y expresar el dolor, la tristeza, la rabia y el miedo por la muerte del ser amado, es parte del camino que hay que recorrer juntos.
- Darse tiempo para sanar
Por lo general, el duelo por la pérdida de una persona importante para nosotros dura entre 1 y 2 años.
No hay que crear expectativas mágicas; hay que prepararse para las recaídas. Se requiere de paciencia y perseverancia, pues aunque las emociones generadas pueden ser muy intensas, siempre son pasajeras.
- Buscar y aceptar el apoyo de los otros
Brindar la oportunidad a los amigos y seres queridos de estar a nuestro lado permite a los niños darse cuenta de que todos necesitamos de los demás y que hay personas a nuestro alrededor que quieren ayudar, lo cual mitiga el dolor porque se comparte.
Buscar personas de confianza que nos permitan "estar mal" y desahogarnos sin miedo enseña a los niños que el dolor y sufrimiento son naturales, pero superables.
- Finalizar el duelo no es olvidar
La pérdida de nuestros seres queridos y el duelo pueden significar cosas distintas para cada familia. Hay que permitir que los niños lo vivan desde la relación que tuvieron con la persona fallecida.
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