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Cuento
El Nacimiento
  • por Ana Luisa Topete Ceballos
Aguascalientes, Ags., México. 8 de diciembre, 2008

 
 
 
 
 

 

     
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Otro diciembre había llegado cuando Adriana revisaba a través de su vida cuántas épocas navideñas habían pasado. Ya era abuela de once a sus sesenta y tantos años. Con dejos de pereza, y movimientos lentos resultado de la edad, bajó aquella caja que contenía las figuras navideñas que representaban la natividad. Pensaba en sus nietos, si no, no se pondría a la faena de armar la escena. El dolor que le causaba la artritis en sus rodillas era lo que más le había hecho dudar en representar el motivo de la celebración de la Navidad.
 
La Adoración de los pastores
Autor: Murillo
Estilo: Barroco
Fecha: 1668
Localización: Museo de Bellas Artes de Sevilla
Datos técnicos: Óleo sobre lienzo, 282 x 188 cm.

 

Empezaron a renacer de los periódicos una a una las figuras: un buey salió primero, uno de sus cuernos ya no estaba; el asno, con una oreja rota; la Virgen María, sin manos; el señor San José, degollado; uno de los pastores, sin una pierna. -¡Qué barbaridad! Pensó Adriana. - ¿Qué voy a hacer con este nacimiento de discapacitados? Siguió sacando figuras de entre los papeles y así siguieron apareciendo más lisiados: un pastor que desde el año anterior había sido pegado ladeado a una piedra, y allí seguía en la misma posición; un cisne que sobrepasaba tres veces el tamaño de las figuras humanas. Tal parecía que ese gran cisne se fuera a comer a las figuras que representaban a los humanos. -¡Ay Dios mío, esto se está convirtiendo en un campo de mutilados en un parque jurásico!- pensó para sí. Luego así fueron saliendo un cocodrilo, sin cola; un borrego sin dos patas, una vaca sin la mitad de la cabeza; en fin, lo que hasta el momento había en el inventario estaba incompleto. Afortunadamente dentro de la caja estaba una bolsa llena de aserrín que serviría de “piso” para cubrir la tabla en donde sería puesto el nacimiento y así se podrían disimular un poco los desperfectos de los pies de los muñecos porque les taparían la parte más baja de las figurillas.

Adriana se dio cuenta de que necesitaba un pegamento, o bien, reconstruirles las partes que les faltaban tanto a los humanos como a los animales. Sacó de aquella caja al Niño Dios, manirroto y cojo; y aparecieron los Reyes Magos que, con tristeza les faltaban algunas partes. En ese momento llegaron sus nietas Sofía y Marcela de siete y seis años respectivamente. Las niñas empezaron a notar con gran azoro aquel desfile de impedidos, cuando Marcela le dice a su abuela:

- Oye abuela, ¿ya te fijaste que tienes un Melchor y dos Gaspares?-
- No hijita, son Melchor, Gaspar y Baltasar.-
- No abuela, el que tú dices que es Baltasar es otro Gaspar, velos ¡son idénticos!
- Ay Marce, ¡no! Uno tiene la capa roja y el otro azul.
- Abuela, pero están en la misma posición y ofreciendo el mismo regalo al Niño Dios. ¿Qué no ves que el Niñito Dios se va a quedar sin recibir uno de los regalos? ¿Cómo se llama lo que le llevaron?
- Oro, incienso y mirra.- contestó la abuela.
- Pues nada más va a recibir dos de esas cosas y se va a quedar sin la otra.- contestó angustiada la niña.
- No te preocupes Marcela, lo que el Niño Dios reciba no le va a preocupar mucho. Lo más importante es obtener otro tipo de regalos, no cuestiones materiales.

Entonces Sofía, que ya se había incorporado en escuchar el diálogo entre su hermana y la abuela opinó:

- ¿Abuela, por qué no vamos y conseguimos al otro rey mago?
- Ay hijita, no tengo ganas de salir en este momento, pero en una vuelta que dé por el centro voy a verificar si son dos Gaspares o no. ¿Cómo ves?
- Sí abuela, porque no nos gustaría que te quedaras con el nacimiento incompleto.

Siguieron sacando de la caja un espejo roto que simularía un lago; unas palmeras que, afortunadamente esas sí estaban completas porque eran de plástico; una casa, de algún pastor indigente porque se le había despegado el techo; pastores y borregos raspados; un pozo que se le había fracturado el brocal. Entonces hizo su aparición la figurilla del diablo. Fue asombro de las tres cuando se dieron cuenta que a él no le faltaba nada. Era la única figura que estaba completa y sin ningún desperfecto.

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