Más allá de los excesos retóricos y de las imprecisiones, el discurso del presidente Calderón en la Universidad de Stanford es profundamente revelador de su personalidad y su estado de ánimo, y es en ese sentido que debe leerse para tratar de comprender su comportamiento durante los próximos doce meses.
Calderón acusa al PRI de representar el regreso a ese pasado “autocrático” en el que era imposible el ejercicio de cualquier grado de libertad.
La frase, para venir de alguien que toda su vida ha hecho política partidista sin menoscabo alguno, que ha sido dos veces diputado federal, una vez asambleísta en el DF, y que como dirigente nacional de su partido ganó tres gobiernos estatales y 14 ciudades capitales, todo esto antes de la epifanía democrática del 2000, hace pensar que el Presidente tiene un concepto digamos que relajado de la verdad histórica.
Luego entonces si las afirmaciones del Presidente no corresponden exactamente a los hechos, lo interesante es la visión que tiene de éstos y, en los pliegues psicológicos, de sí mismo.
Calderón es un panista biológico. Asume que su historia personal y familiar le da la legitimidad y el linaje necesarios para reconocerse —como escribió tras la victoria del PAN en 2000— como uno de “los miles y miles de personas, verdaderos héroes anónimos, que en esta larga travesía dieron lo mejor de sí por la causa del humanismo democrático… (que) perdieron su trabajo o su patrimonio, otros su familia, otros más hasta la vida…(para lograr) un México distinto, ciudadano, participativo, con el cual verdaderamente puede operarse el cambio histórico ordenado en las urnas”.
En consecuencia, Calderón, que se concibe como el primer presidente realmente panista después de los orígenes arribistas de Fox y el fracaso de su gobierno, ve con horror que ese “México distinto, ciudadano, participativo” que antes les votó puede llevar nuevamente al poder a los mismos que echó de él hace once años.
Esto es algo que simplemente no cabe en sus coordenadas mentales ni en su cálculo político. Y no es que muestre la tentación de perpetuarse en el cargo sino más bien encuentra en esa intención electoral una fractura de la vida pública, un error de percepción que requiere un evangelio moralizante para recordar a los ciudadanos lo malo que fueron los viejos tiempos, los haga rectificar y volver al camino correcto guiados por el buen pastor.
La hipotética escena del 1 de diciembre del 2012, cuando eventualmente la banda presidencial le sea impuesta a un miembro del antiguo partido, no es para Calderón una página más del juego democrático y de las extrañas circunstancias de la historia. Da la sensación de que sería una derrota personal, política y emocional.
Y luchará con todo lo que pueda para que ello no ocurra. |