Reconozco que por temperamento (o tal vez por edad) las frases panfletarias —“déjenos soñar para que ustedes puedan dormir”, de los indignados europeos; “que se vayan todos”, de los argentinos exasperados; “salvemos a México”, del mesías tabasqueño o “estamos hasta la madre”, de los marchistas del consuelo— suelen decirme poco.
Quizá por ello no me explico cómo, en un alarde de corrección política en el mejor de los casos o de memez analítica en el peor, uno que otro escribano ha llegado a la desmesura de concluir que los campamentos instalados en la Puerta del Sol son la “Spanish revolution” de la temporada o la reedición del mayo francés del 68 o una nueva etapa de las revueltas árabes, las cuales, por cierto, ni derrocaron a los tiranuelos, trabajo que les tocó a las fuerzas armadas impulsadas por gobiernos extranjeros, ni destruyeron a los regímenes políticos, los cuales subsisten en lo esencial.
Sinceramente es imposible ver eso en los indignados, aunque entiendo que en una época aburrida las buenas causas en formato minimalista tienen su charm.
Lo que allí pasa, sin embargo, es menos romántico y más difícil.
España atraviesa por una grave crisis financiera derivada, entre otras razones, de cierto exitismo en la orientación de una economía que no privilegió a tiempo la innovación, la sofisticación empresarial o la reforma de mercados clave como el laboral, y sí, en cambio, recargó excesivamente su crecimiento en sectores como el turismo —por definición volátil— que a su vez impulsó, en parte, el inmobiliario, fuertemente apalancado por un crédito muy imprudente y un mercado más artificial de lo que se admitió cuando el globo se hinchaba.
Esto, advertido por algunos economistas españoles hace rato, fue lo que llevó al gigantesco déficit, al parón de la economía, al endeudamiento insostenible de muchas empresas y a los cinco millones de desempleados.
Ésta es la verdadera expresión de la crisis: sensación de fracaso y miedo al futuro, y no tiene nada que ver con la democracia ni con las libertades, que gozan de cabal salud en España, sino con decisiones económicas y políticas mucho más complejas que los clichés callejeros.
Lo que hay en la explanada de la Puerta del Sol —doscientas o trescientas personas en cuarenta o cincuenta campamentos medianos y pequeños—, es una bohemia posmoderna, una colección variopinta de jóvenes, de otros que ya no lo son tanto y de algunos setentones que se quedaron en el viaje hace décadas, de Woodstock urbano un poco retro, más interesado en la consigna que en la música o la mota, de gente que siente funcionar mejor en los márgenes, de discurso atractivo para los medios pero intelectualmente perezoso.
Desde luego es una incógnita para mi cómo se puede transformar eso en una expresión orgánica, en algo realmente influyente y decisivo que genere cambios. Para eso hace falta mucho más. |