Como no soy un economista profesional no me quedan claras las credenciales técnicas por las cuales Agustín Carstens es un mejor candidato a dirigir el Fondo Monetario Internacional que la ministra francesa de Finanzas, Christine Lagarde, o cualquiera de los otros nominados para el puesto.
Sí me parece evidente, en cambio, que su postulación, plausible sin duda bajo la bandera del nacionalismo, es inoportuna, desafortunada y, en alguna medida, ingenua.
El primer problema es que en un país con una larga tradición de irresponsabilidad macroeconómica —ahora controlada pero en modo alguno desaparecida— como el nuestro no deja de ser riesgoso proponer el reemplazo del gobernador del banco central cuando hay en puerta unas elecciones que, probablemente, producirán una nueva alternancia en la presidencia.
La tentación de soltar el gasto público aun a costa de aumentar el déficit o la inflación parece atractiva para un presidente dispuesto a impedir, como sea, el retorno del PRI a la casa que ahora habita. Mover a Carstens, que tiene apenas unos 17 meses en el banco y que mal que bien da la impresión de que se conducirá con relativa ortodoxia, no tiene sentido alguno.
El segundo obstáculo es el mal fario de los gobiernos panistas cuando han propuesto a alguien para cargos internacionales.
Se trata de una paradoja cruel: quienes hoy ocupan posiciones de relevancia, como Ángel Gurría en la OCDE, Alicia Bárcena en CEPAL o Santiago Levy en el BID, llegaron a ellas por sus habilidades o méritos; en cambio, los promovidos por ejemplo por la administración Fox —Jaime Sepúlveda a la Organización Panamericana de la Salud; Julio Frenk, dos veces impulsado para la Organización Mundial de la Salud, y Luis Ernesto Derbez, a la Organización de Estados Americanos— fueron en todos los casos derrotados olímpicamente.
Es difícil identificar las razones por las que Carstens estaría en condiciones de correr con una suerte distinta.
Y finalmente hay algo de ilusión en la candidatura del doctor Carstens.
La dirección del FMI no es un tema de “deber ser”, de lo que a todos nos gustaría que sucediera y que de pronto los países emergentes lograran colar a uno de los suyos, sino de digerir que en un momento de debilidad económica internacional y, en especial, en Europa, la decisión está asociada no solo con la competencia del elegido o la elegida sino con la confianza política que concite entre los países que mandan en el organismo, es decir, que sea uno de los suyos y Carstens no lo es o, al menos, no suficientemente.
En esta ocasión, México deberá esperar con espíritu positivo y recordar que, como aconsejaba Churchill, el éxito es aprender con paciencia a ir de fracaso en fracaso.
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