Una buena o mala gestión de gobierno produce resultados electorales automáticos, en un sentido u otro, para el partido en el poder? Veamos.
Teóricamente el crecimiento económico, la generación de empleos, la tranquilidad pública o la eficiencia en los servicios públicos, la salud y la educación son los elementos concretos que permiten evaluar con objetividad la situación de un estado y también, aunque no todos dependen de ellos, el papel de los gobernadores. Hasta allí, nada nuevo.
Sin embargo, cuando esas variables se examinan a la luz de estas elecciones de julio y se contrastan con las tendencias que las encuestas muestran, la relación entre buenos gobiernos y eficacia electoral parece bastante variada, como ya lo sugirieran las intermedias de Yucatán.
Por ejemplo, según el informe sobre La competitividad de los estados mexicanos 2010 , del Tecnológico de Monterrey, que utiliza 196 variables con información y datos duros con una metodología internacionalmente aceptada, de todas las entidades del país 13 ascendieron en su posición en los últimos tres años, 4 se mantuvieron en el mismo lugar y las 15 restantes descendieron en el índice.
De los estados donde hay elecciones para gobernador, Durango, Hidalgo, Sinaloa y Zacatecas mejoraron, en algún caso notablemente, su nivel de competitividad general, pero sólo en los tres primeros parece, según los sondeos, que ganaría el partido en el poder. Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua, en cambio, cayeron en el índice y, sin embargo, también podría ganar el partido gobernante. Tamaulipas y Puebla se mantuvieron en el mismo sitio que en 2007 y el PRI, formación que gobierna esas entidades, va arriba. Finalmente, en Aguascalientes, Oaxaca y Tlaxcala, que igualmente bajaron, probablemente vivirían un reemplazo de estafeta partidista. Como es evidente, es imposible extraer conclusiones generalizadas pero surgen varias reflexiones.
La primera es que el endoso que los gobernadores salientes pueden hacerle a sus delfines es bastante heterogéneo. En el caso de Oaxaca, por ejemplo, los magros resultados de la administración saliente y el excesivo control sobre el candidato del PRI han nulificado las potencialidades electorales de éste. Pero en el ejemplo de Durango, con buen gobernador, cuentas exitosas y candidato competitivo, el camino hacia una ratificación priista suena natural.
La segunda es que la política de “saliva y pulque”, versión renovada, todavía funciona. Aunque ahora es más cara —la promoción mediática ha subido mucho de precio— y diversificada —despensas o promesas de contratos públicos, según sea el sapo— casos como Puebla o Yucatán señalan que el elector sigue siendo poco exigente a la hora de evaluar las razones de su voto.
Y la tercera es que factores coyunturales pueden afectar decisivamente una elección. Sonora, por ejemplo, levantó 10 lugares, con Eduardo Bours, en el índice citado —el repunte más alto en el país— y sin embargo la tragedia de la guardería ABC aniquiló al candidato del PRI. La lección de esta elección es que buenos gobiernos y éxito electoral no van de la mano. Al menos no siempre.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx |