En Nixon, la espléndida cinta de Oliver Stone, hay un momento en que el presidente norteamericano pregunta por qué era tan intenso el recuerdo de Kennedy. “Porque nos hizo ver las estrellas”, le responde su asistente. En el México de hoy, en cambio, es otro el estado de ánimo.
Por razones alojadas en la mentalidad colectiva, sin duda complejas de descifrar, México parece haberse vuelto una sociedad donde el odio es una actitud habitual. El caso Fernández de Cevallos, por ejemplo, ha mostrado que en una porción de mexicanos nada despreciable los sentimientos de solidaridad, comprensión o serenidad analítica sencillamente no caben porque es tal su nivel de rencor que están por completo indispuestos a procesar con claridad y sosiego hechos de ese tipo.
Es evidente que en ese comportamiento subyacen graves problemas de confianza interpersonal, desmoralización respecto de la vida pública, desesperanza acerca del futuro y una falta de asideros que permitan a la gente construirse una perspectiva más o menos positiva de su vida y de su entorno.
La incertidumbre es palpable. Según las encuestas de Consulta Mitofsky, 60% de los mexicanos cree que el país lleva el rumbo equivocado; 86% considera que la situación económica es peor ahora que hace un año y 79% dice lo mismo en relación con el panorama político. Estos hallazgos revelan una seria debilidad porque un desánimo así cancela o, al menos, disminuye notablemente la energía y la seguridad que una sociedad necesita para salir adelante.
Por un lado, como escribió el filósofo Guillermo Hurtado, de la UNAM, tal fotografía revela que “el pesimismo es una grave enfermedad social (que) propicia el desconsuelo, la apatía y el cinismo…(y hace) preocupante observar que en la actualidad los más jóvenes, incluso los niños, son pesimistas respecto al futuro inmediato de México. Y es que no tienen otros marcos de referencia: nacieron en la crisis, lo mismo que sus padres.” Pero, por otro, cuando ese pesimismo se convierte en rencor y odio, se erosiona profundamente la confianza de la gente en el país, en las instituciones públicas y privadas, en los demás, e, incluso, en sí misma.
A menos que se crea que las bondades curativas del futbol, del yoga, el psicoanálisis o la práctica religiosa resuelven todo, no es nada sencillo reintroducir confianza y optimismo —a partir de una economía estancada, una política decepcionante y una inseguridad galopante— en una comunidad alterada.
Pero quienes tienen en sus manos los instrumentos de socialización y formación de percepciones —líderes, medios, escuela e iglesias— tienen también la obligación de reflexionar en los costos sociales, económicos y morales que le genera al país una sociedad impotente y rencorosa.
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