La gran mayoría de los actores políticos, partidistas y mediáticos se han concentrado casi exclusivamente en las trivialidades de las campañas electorales, en los símbolos más bien pre-democráticos y en los gestos que se usaban en los tiempos de Lauro Ortega o, peor aún, de Galindo Ochoa. Pero nadie repara en que si la interrogante central de una elección es la continuidad o el cambio, lo que hay que revisar es cómo van a dejar sus estados los gobiernos que terminan este año.
Hace unas cuantas semanas, por ejemplo, el INEGI dio a conocer un indicador clave que consiste en saber cuánto ha crecido la economía en los estados durante los últimos seis años. Para quienes todavía usan anteojeras ideológicas crecer es, ni más ni menos, la condición indispensable para mejorar el bienestar, y, por ende, es una prueba puntual de la efectividad de los gobiernos.
Pues bien, hechas estas previsiones, me gustaría compartir los principales hallazgos.
El primero es que el peso económico sigue concentrándose en sólo diez estados. El Distrito Federal, Estado de México, Nuevo León, Campeche, Jalisco, Veracruz, Tabasco, Guanajuato, Tamaulipas y Puebla producen el 65 % de la riqueza nacional. En cambio, los otros 22 apenas llegan, en conjunto, al 35%.
Y un segundo rasgo de lo más interesante es que a pesar de ello, tres de las entidades más grandes —DF, Edo Mex y NL— hoy aportan menos que hace seis años. Por ejemplo, el DF que llegó a representar casi el 23 % de la economía nacional, ahora genera solo el 17%; el Estado de México, que llegó al 11%, ahora participa con 8.8%, y NL, que llegó al 9% en el pasado, hoy sólo aporta 7.5%.
En cambio, en el último año del periodo de referencia (2003-2008), los estados que reportaron crecimientos anuales más elevados fueron Zacatecas, con una variación de 7.5% (derivado, en este caso, de una importante inversión minera); Hidalgo, con 7.2%, Querétaro, con 4.8%; Chiapas, con 4.7%, y Baja California Sur, con 4.6% con relación al año anterior.
Algunos podrán decir que los estancamientos locales son consecuencia de las malas políticas nacionales en materia de competitividad, de la inseguridad, del poderío chino, de la crisis internacional, de la influenza o de la mala suerte.
Pero si el movimiento se demuestra andando, es claro que buena parte del problema quizá se explique porque la feudalización territorial, que reemplazó paladinamente a la presidencia imperial, no parece haber generado gobiernos más efectivos, más sofisticados o más competentes.
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