Por si no hubiéramos tenido suficiente con el diluvio de discursos, libros, placas conmemorativas, desfiles, depresiones, psicoanálisis, huesos ambulantes, obras públicas, cursilerías, panegíricos o películas, entre otras muchas cosas, en torno al bicentenario, ahora es el centenario de la revolución la amenaza que se cierne en el paisaje nacional.
Es cierto, en primer término, que bajo una perspectiva estadística México muestra mejores indicadores en casi todas las variables que hace cien años, pero medidos contra lo que han alcanzado otros países en lapsos más cortos o bien ante los reacomodos económicos, tecnológicos, culturales o geopolíticos que están perfilando el mundo del siglo XXI, el desempeño mexicano es francamente mediocre en más de un sentido.
Con todo y la alternancia electoral, el pluralismo partidista, las formas democráticas o la abundancia mediática, nadie sabe a ciencia cierta cuál es, como se dice ahora, la narrativa nacional, es decir, el proyecto compartido, si alguno, en torno al que los mexicanos organizan su vida como comunidad, el cemento colectivo, su proyecto de futuro.
Muchos países exitosos de Asia pretendían en los años sesenta dejar atrás el colonialismo y aprender a vivir en independencia. Las nuevas democracias europeas de los setenta y los noventa querían enterrar las dictaduras, construir regímenes abiertos e integrarse a la comunidad económica. Chile buscaba superar la tragedia del golpe de estado y del prolongado gobierno militar y progresar. Sudáfrica liquidó el oprobio del apartheid y dio un ejemplo de relativa reconciliación.
Pero en el México de nuestros días no están claros los fantasmas del pasado ni tampoco el norte que guíe el horizonte de 110 millones de personas. Por tanto, como las encuestas insisten en exhibir, lo que tenemos es una vida política y una democracia mediocres, y una ciudadanía frágil, temerosa y presa de la incertidumbre.
Por ejemplo, los niveles de confianza interpersonal o de apego a los valores de legalidad siguen siendo tan bajos en México que la desafección resultante de los ciudadanos con los asuntos públicos ha desembocado en un escenario en el que lo que cuenta no son las ideas, la discusión inteligente o los grandes acuerdos políticos sino la frivolidad o la trivialización con que se conducen los liderazgos.
Esa mediocridad y ese vaciamiento de sustancia han generado que el país haya vivido su experiencia democrática con desencanto y frustración, por un lado porque ésta no le dio todos los bienes públicos que supuso, exageradamente, asociados a la alternancia electoral, pero por otro porque quizá la democracia misma ha entrado a una especie de crisis de crecimiento, de pérdida de sentido y de indiferencia colectiva.
Cuando esto pasa, dice Marcel Gauchet, hay un proceso de corrosión y la democracia “es presa de una suave autodestrucción, que deja su principio intacto pero que tiende a privarla de eficacia”.
Lo peor es que la mediocridad crea hábitos y los países se acostumbran a vivir cómodamente en ella.
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