Cuentan que Miguel Ángel Granados Chapa ha pedido a sus cercanos que, cuando los años lo alcancen, no le permitan, como dice que le ocurrió a Renato Leduc, publicar “apologías de personajes indefendibles”.
Pues bien, el 31 de octubre pasado, a propósito de la muerte de Néstor Kirchner, Granados Chapa escribió, en el paroxismo total, que el funeral del ex presidente “fue, también y sobre todo, un sentido adiós de una amplia porción del pueblo argentino a favor de la cual gobernó… Con osadas medidas destinadas a recuperar el control nacional de la economía, cuya falta había sometido a los argentinos a la mayor expoliación de su historia…”.
De acuerdo. Es comprensible que en un país con 56 mil psicólogos registrados, uno por cada 649 habitantes, y en el que la mayoría de las personas que acude a terapia lo hace dos veces por semana la muerte suscite reacciones afectadas, y que esas expresiones produzcan, en otras partes, comentarios apresurados. Pero ¿son suficientes para evaluar una gestión de gobierno? Quizá no.
Kirchner gobernó directamente la Argentina entre 2003 y 2007, año en que catapultó eficazmente a su mujer, quien también había desarrollado una carrera política en los meandros legislativos, hacia la presidencia de la República.
Si bien siguió ejerciendo buena parte del control político nacional, Kirchner perdió más tarde las elecciones para diputado por Buenos Aires y dimitió a la dirigencia de su partido. Fue la suya una carrera breve y, quizá por ello, intensa, atropellada y desmesurada.
Entre otras cosas, el gobierno de Kirchner manipuló como nadie la economía y los datos para producir un crecimiento irreal (“un mundo de fantasía”, calificó el Financial Times), derribó la autonomía del banco central, eligió el populismo irresponsable como bandera, trituró a sus enemigos sin piedad, debilitó la ya frágil institucionalidad argentina y reprodujo, corregido y aumentado, el modelo caudillista e ineficiente del peronismo.
Como resultado, el impuesto inflacionario se desbocó y este año llegará al 25%; la pobreza aumentó al 31.2 % y la indigencia al 11.2%. Transparencia Internacional ubicó este año a la Argentina en el lugar número 105 (sobre 178 países y 7 lugares más abajo que México, lo que ya es decir) en percepción de corrupción. En el Índice Global de Competitividad 2010-2011 aparece en la posición 87 y en calidad de las instituciones públicas en la 132 sobre 139 países. En el año 2000 era la 17 economía en el mundo; hoy es la 28.
Más aún: “Kirchner —dijo el escritor argentino Alvaro Abós— desperdició la oportunidad de traducir la recuperación del país en avances duraderos. Dilapidó lo que más necesita Argentina, la corrección de sus instituciones y el saneamiento de su clase política. La ética personal, en un país castigado por la corrupción, nunca fue un valor para Kirchner”.
La moraleja: torear a la galería es una cosa; gobernar con efectividad para mejorar de manera sostenible el bienestar de una sociedad, es otra muy distinta |