Santiago de Chile. En los reportes internacionales que periódicamente se divulgan, México parece haberse evaporado como jugador importante de casi todo, excepto, desde luego, en los que tienen que ver con la inseguridad y la violencia organizada.
El del Foro Económico Mundial envió al país a la posición número 66 en competitividad global. Transparencia Internacional lo colocó en el 98 en percepción de la corrupción. En el Informe de Desarrollo Humano del PNUD aparece en el sitio 53. Según el FMI, México pasó de ser la décima a la decima cuarta economía y en PIB por habitante, medido en paridad de poder de compra, se fue del lugar 49 al 61 en la última década.
Si a los datos duros se añade la disolvencia política y diplomática mexicana, entonces se entiende por qué en América Latina las noticias sobre Brasil o Chile están definiendo lo que será la agenda de la región en los próximos años.
Tómese, por ejemplo, el caso de Chile.
Después de veinte años de gobiernos de la llamada Concertación, la peculiar coalición de partidos que primero echó a Pinochet y luego ganó cuatro elecciones presidenciales sucesivas, la alternancia llegó en Chile y, sin embargo, ni se ha producido un cambio de modelo, ni el nuevo presidente ha formulado promesas extravagantes ni las ahora fuerzas políticas opositoras han puesto en marcha la noche de los cuchillos largos para guillotinar a los culpables de la derrota por la sencilla razón de que, por imaginativos que sean los análisis poselectorales, ésta ocurrió porque, en democracia, esas cosas pasan algún día. Y porque Chile, es decir, sus instituciones y sus proyectos compartidos, funciona.
A varios de los políticos inteligentes que estuvieron estas dos décadas en el poder, es claro que les seduce, por ahora, la tentación de buscar explicaciones al tropiezo electoral.
Pero es una reacción psicológica bastante natural porque acto seguido sus intereses van más por el lado de ver, además de Michelle Bachelet, con qué nuevos cuadros pueden volver a ser políticamente competitivos en 2014 o cómo afinar las políticas públicas para seguir acortando la brecha de la desigualdad o cómo duplicar el ingreso per cápita en quince o veinte años o cómo parecerse a Finlandia, uno de sus referentes preferidos como modelo de desarrollo.
Por supuesto, no son los únicos que están trabajando para diseñar y construir un horizonte de crecimiento compartido y sostenible a largo plazo en el mundo. Allí están, también, los casos de Brasil, Israel, Vietnam, Malasia, algunos países bálticos, y hasta Colombia y Perú muestran signos de mayor energía y vitalidad que hace una década.
¿Y México? Diagnósticos, propuestas y ambiciones políticas hay en exceso. Menos claro es el tipo de país que encontrarán cuando, unos u otros, lleguen a gobernar. |