Javier Marías publicó hace días en El País Semanal (24/10/2010) un artículo que no tiene desperdicio y que bien podría ser literalmente aplicado en el México de nuestros días para entender esa especie de disonancia cognitiva, por llamarla de algún modo, entre el agobiante enjambre de artículos, comentarios, discursos, ponencias y foros dedicados a decirle al país y a sus políticos lo que debe hacerse y lo que, en la cruda vida real, ocurre o, más bien, deja de ocurrir.
Dice Marías que el ejercicio de razonar y argumentar está recibiendo cada vez tal grado de desdén o indiferencia por parte, en especial, de los interlocutores públicos, que, muy pronto, “los que se molestan en razonar desistirán de ello, en vista de su inutilidad” y, por ende, si los gobernantes o adversarios, que no se dan por aludidos aunque hayan sido señalados con argumentación dialéctica, no van a sentirse obligados a responder ni a rectificar. “A este paso —añade el escritor español— llegará un día en el que las cabezas pensantes habrán sido anuladas por el agotamiento, el hastío, el desaliento que esta situación produce”.
Esto es algo que, claramente, pasa hoy en el país. Como nunca antes, el exceso de posiciones, opiniones, reclamos y propuestas ha inundado lo que alguna vez pretendió ser un debate público, y no pasa semana en que no haya un foro donde se diseñen el presente y el futuro en áreas tan dispares como el régimen político o el cambio climático. Pero en lugar de que todo eso confeccione una agenda para la toma de decisiones o que impulse su ejecución, parece más bien una colección de opiniones que, salvo contadísimas excepciones, a nadie le importa.
Es verdad que buena parte de lo que se plantea son barbaridades sin pies ni cabeza. En este caso, sus autores se contentan con una invitación a charlar y un contratito editorial por aquí y una tarjeta navideña y un viajecito por acá.
Les basta con que las élites sepan que existen para darse por satisfechos.
Otras opiniones, en cambio, menos copiosas, suelen nutrirse con datos duros, evidencia empírica, información actual y experiencia práctica; es decir, con argumentos que merecerían ser tomados en cuenta a la hora de ejecutar las políticas públicas. Pero, como es obvio, casi nadie hace caso ni, más grave todavía, pasa algo.
Por ejemplo, en los últimos años ha habido centenares (quizá miles) de artículos y comentarios en torno a la disfuncionalidad de la arquitectura del sistema político, la crisis del sistema educativo, la urgencia de apertura en los monopolios eléctrico, petrolero y en las telecomunicaciones o la rigidez del mercado laboral.
Pero, no obstante, ¿algo ha cambiado en verdad? No. Como dice Marías: lo único que han obtenido “son ladridos en el mejor de los casos y oídos sordos en el peor”. |