Hubo una época en que las opiniones de Alonso Lujambio tenían el cuidado analítico propio de un académico joven y en formación. Pero el poder ofusca a los inteligentes, decía su ilustre antecesor en la SEP, don Jesús Reyes Heroles, y Lujambio ha incurrido en una desmesura al concluir que la “descomposición” familiar está afectando la calidad educativa. Veamos.
En primer término, la afirmación confunde el significado que los cambios en los patrones de integración familiar están teniendo en la estructura social con los elementos concretos que explican la calidad educativa.
Pero lo de menos, por supuesto, es la enorme dificultad de probar que haya, en efecto, una alta correlación entre una cosa y la otra. Lo grave es que ese enfoque, encapsulado en un mensaje dirigido ciertamente a congraciarse con cierto público, elude y oculta los problemas reales y de fondo del desastre educativo mexicano.
Vayamos por partes.
Hasta hace relativamente poco, la familia era un concepto que tenía un sentido esencialmente personal, subjetivo y funcional para codificar nuestro lugar dentro de una comunidad determinada.
Las investigaciones han mostrado de manera sistemática que es el aspecto más valorado en la vida de una persona y el mecanismo primario de adquisición de percepciones y costumbres, pero sólo hasta épocas más recientes hemos empezado a tomar distancia de la vivencia familiar inmediata para examinar, con otra óptica, la relevancia que la noción de familia tiene en el desarrollo cognitivo.
Así, pasamos de concebir a la familia como un hecho biológico, emocional, moral o religioso a otro en el que se entiende más bien como el espacio iniciático donde se forman y transmiten juicios o conductas que luego tendrán consecuencias sociales, económicas, culturales e incluso urbanas muy importantes en el cumplimiento de la legalidad, la construcción de ciudadanía o la calidad de la convivencia colectiva, entre otras cosas.
Es claro que el desarrollo, en cualquier sentido, de estos patrones de conducta, no depende de la estructura familiar —integrada o “descompuesta” en términos de Lujambio— sino en sus prácticas, actitudes y, repito, en la interiorización de valores o antivalores con que, más tarde, una persona habrá de desempeñarse como miembro de un colectivo.
Por ejemplo, ¿qué es lo que explica, en las encuestas, que sólo el 19% de los mexicanos tenga confianza en los demás; que el 46% se oponga a que salga en televisión alguien que diga cosas que no van con su manera de pensar, o que 4 de cada 10 opinen que los homosexuales no deberían participar en política?
No es, obviamente, la forma de organización familiar sino los grados de intolerancia y los prejuicios discriminatorios que se respiran en ese núcleo, y esto sí deriva de los contenidos que se adquieren y reproducen en los espacios naturales de socialización como la escuela, los medios o las iglesias. |